No fueron días fáciles, decisiones sencillas ni disyuntivas triviales. Y es que yo ya soy experta en marcharme, lo que aún no he aprendido es a marcharme entera… Hacía mucho tiempo que no tenía un ratito de paz. Un ratito de paz para mí, un ratito de silencio, de esos silencios míos, de palabras mudas que me susurran tintan y exigen ser plasmadas con pluma en papel. Y aquí estoy hoy, ya reconciliada con el destino. Porque la mayoría de las veces que nos sentimos cansados no es porque hayamos hecho mucho, sino por hacer poco de lo que nos hace felices. Y es que por fin llegó el suelo firme, la ruta clara, la cama que guarda, el lecho que protege, la paz latente… Mi sueño entretejido entre lo alcanzado y lo pendiente.
El mayor éxito radica en mantener nuestra esencia en medio de batallas y oleajes. Seguir soñando, apostando a lo efímero, a lo que nos agita el corazón, a lo que nos conmueve, a lo que nos pellizca adentro, a lo ineludible, a lo extraordinario, a lo irrepetible, a lo irremediable. Soñar y creer. He llegado a una conclusión, “in a nutshell” que diría en mi clase de inglés: ojalá a partir de ahora tenga el valor de olvidarme de tiempos verbales: pasado, presente o futuro para encarar al calendario y advertirle a mi agenda que entre todas mis tareas mi nombre es prioridad. No quiero rellenar mis libretas con quehaceres semanales o diarios sino dormir, soñar con anhelos de vida, con destinos donde los sueños y anhelos sean caminos. No quiero recovecos con desalientos, pasajes con rutinas. No quiero que las metas se metan en mi cama por las noches para convertirse en sueños con fecha límite y mucho menos llamar sueño a aquello que consiga quitármelo. Paro y recalculo ruta…
Hace tiempo que lo dije: YO SOY SUEÑO y estoy convencida de que sólo por eso a menudo me sostengo. Para soñar despliego velas en el viento, suelto el lazo de las penas que me atan, las amarras de los miedos que me anclan, la duda de cada encrucijada, la ansiedad de cada paso. Abro puertas y cierro ventanas, dejando mis pasillos sin corrientes. Y es que quiero vivir, que no es otra cosa que arder en preguntas, sentir cada latido… El temor a lo real ya no me frena. “Caminando siempre por la orilla uno nunca se ahoga, pero nunca nada. Nada. nunca”. Y para caminar toca decir adiós
a lo que a agota,
a lo que resta,
a lo que angustia,
a lo que limita,
a lo que oprime,
a lo que ahoga,
a lo que ata,
a lo que lastima,
a lo que desgasta,
a lo que arde,
Necesitamos dejar atrás las normas impuestas, liberarnos de los mapas trazados por otros que nos marcan las sendas hacia una felicidad ajena.
Necesitamos despedirnos a lo grande, tener tantas ganas de vivir que no nos quedemos con las ganas.
Adiós a todo lo que no haga más bonito esto que llamamos vida.
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