Empiezan mis vacaciones. Por fin.

He escrito muchas veces desde el abismo, desde el vértigo de no saber si podría con todo. Pero esta vez escribo desde otro lugar: la cima. Y no porque todo haya sido perfecto, sino porque, pese a todo, he llegado hasta aquí. Y eso, para mí, ya es victoria.

Este ha sido mi primer año como docente en Melilla. Un año que llegó envuelto en incertidumbre, con maletas por deshacer y un mar de emociones que no encontraba cómo ordenar. Dejé atrás rutinas, seguridades (no demasiadas), incluso espacios donde me sentía “yo”. Y me lancé. Como hago siempre. Con miedo, pero con hambre.

He enseñado a futuros maestros, he aprendido de ellos, he crecido. He volado de una ciudad a otra con el corazón dividido entre dos orillas: mi vocación y mi familia, mi niña, mi chico y mis sueños, Madrid y Melilla, los congresos y las coreografías, las aulas y las barras de pole. Ha sido duro. Intensísimo. Pero también revelador.

Porque en medio del caos, he descubierto que no tengo que renunciar a ninguna de mis partes para sentirme completa, a ninguna de mis versiones, a ninguna de las mujeres que habitan en mi… Que mi alma puede latir al ritmo del aula, de un verso, de una clase de pole, de un TikTok con mi niña o de un trayecto en avión con el portátil en las rodillas.

He llorado de cansancio. También de orgullo. Me he sentido pequeña ante el sistema, y gigante frente a mis logros. Me he equivocado. He acertado. He dicho que no cuando ya no podía más (menos veces de las que lo necesité y debí haberlo hecho). He dicho que sí cuando sentía que valía la pena. Y aquí estoy.

Hoy, al dar por cerrado este curso, me miro con ternura.

Me abrazo. Me reconozco. Porque no ha sido fácil, pero ha sido mío. Y porque siento que todo lo vivido me ha acercado más a la mujer que quiero ser.

Y sí, como diría la gran Úrsula: “¡Qué tía más tía!”

Gracias a quienes han estado, a quienes han creído, a quienes me han desafiado a ser mejor. Y también gracias a mí. Por no rendirme. Por seguir creando. Por bailar, incluso cuando todo tambaleaba.

Ahora sí: vacaciones.

Tiempo de respirar sin prisas, de sanar las heridas invisibles, de volver a mirar despacio.

Tiempo de inspirarme otra vez, de reconectar con lo que me mueve, de bailar sin reloj, de abrazar a los míos más fuerte y más rato.

Tiempo de seguir escribiendo con esa mirada mía, que a veces se esquiva… pero nunca se rinde.

Porque aunque dude, aunque tropiece, aunque me canse, siempre vuelvo. Siempre vuelvo a mí.

Y esta vez, necesito volver también a ellos.

Necesito ver a mi sobrino, que ha crecido sin que yo pudiera abrazarlo lo suficiente, que me espera con los ojos más bonitos del mundo y con esa risa que me cura.

Y necesito volver a él. A mi hermano.

A decirle, sin necesidad de muchas palabras, que lo quiero, que lo admiro, que estoy orgullosa del hermano que es, sí, pero mucho más del padre que no se rinde por ser. Que no se cansa de luchar, que ama en voz bajita pero con fuerza. Que merece todo.

Que no sólo es un hermano valiente, sino un padre incansable. Uno que se esfuerza cada día por ser luz, incluso cuando todo pesa.

Que lo está haciendo bien, aunque a veces no lo sepa. Y es que no hay mapa para ser padre, pero él ha elegido el camino más valiente: el del amor que insiste, incluso cuando duele.

Así que, es evidente que este ha sido un año difícil, sí, pero también el año en que me elegí. Y no hay conquista más grande que esa.

Y si este año fue una batalla, que conste en acta: la gané bailando.

Cierro un año lleno de cambios, aprendizajes y vértigos.
Mi primer curso en Melilla.
Mi primer año siendo todas mis versiones a la vez: madrastra, docente, bailarina, creadora, superviviente.

Hoy empiezan mis vacaciones. Pero antes… me abrazo fuerte y dejo estas palabras aquí.
Porque escribir también es una forma de respirar, para mí, LA MEJOR.
Gracias por leerme.

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