No me resulta fácil hablar de mí. Quizá porque me habito como un vendaval: a veces suave, a veces desordenado, a veces necesario. Y como todo viento, no siempre sé a dónde voy, pero sí sé que necesito moverme. Soñar. Imaginar lo que viene. Tener proyectos, ilusiones, motivos para sostener los días cuando más pesan.

Porque sí, hay días que pesan. Días en los que todo se desordena por dentro y me cuesta encontrar el centro. Pero también hay otros que flotan, que brillan sin motivo aparente, que se llenan de nombres, de abrazos, de cuerpos en movimiento. Y en medio de todo eso, ahí estoy yo: trepando por la barra, bailando, intentando enseñar algo que tenga sentido, exigiéndome tanto que a veces se me olvida lo más simple: respirar. Aun así, con el tiempo, he aprendido (al menos) a dejarme querer. Que no es lo mismo que saber quererme, pero ya es algo.

Y cuando me cuesta incluso eso (quererme) aparece mi niña, Yara. Mi regalo más grande. Es intensa, absorbente, agotadora a veces. Cuando está conmigo, casi dejo de vivir mi vida para vivir la suya. Todo gira a su alrededor, y lo confieso: a veces me desborda. Pero entonces me abraza. Me dice que me quiere. Me dice que somos iguales. Y todo se justifica. Ella me recuerda cada día que la ternura tiene más fuerza que cualquier vértigo. Que todo lo que soy cobra sentido si es con ella. Y por ella. Me mira con una mezcla de asombro, confianza y admiración pura que me atraviesan entera. Y entonces todo se recoloca. Porque da igual lo caótica que sea mi agenda o lo acelerado que vaya el mundo: hay algo esencial que no puedo permitirme perder. Yara me lo recuerda con solo existir. Y es esto. Lo que somos juntas. Lo que me devuelve a mí misma sin dejar de ser suya.

He tenido siempre el privilegio de contar con unos padres que son mi raíz más profunda. Me han enseñado, con el ejemplo, lo que es la entrega, la lucha serena y la generosidad sin condiciones. Mi madre y yo somos opuestas en casi todo, y aun así (o precisamente por eso) no sabríamos vivir la una sin la otra. Ella es puro optimismo, yo tiendo al catastrofismo. Ella camina por la vida con una seguridad que asombra, yo dudo de todo, empezando por mí. Ella improvisa, yo planifico. Yo soy de disciplina férrea, listas, horarios, casillas; ella es puro caos brillante y espontáneo. Y sin embargo, en los conciertos, en los viajes, en los silencios incómodos y en los abrazos inesperados nos entendemos (casi siempre). Ambas tenemos un carácter fuerte, aunque el mío (lo reconozco) es aún peor. Pero siempre hay una certeza entre nosotras: la de sabernos imprescindibles.

Mi padre fue mi primer amor. Así lo decía yo de pequeña, y así sigo sintiendo que fue. No obstante, a día de hoy, tiene la extraña habilidad de sacarme de quicio con la tontería más mínima… como si tuviera un talento especial para pulsar justo el botón que no debe. Y aun así, lo miro con ternura. Porque detrás de todo eso está él: el hombre que me acompaña sin aspavientos, que me quiere a su manera. Y que, aunque a veces no nos entendamos a la primera, ya estoy yo haciendo de “tripas corazón” para aguantar hasta la última. Porque en el fondo, es imposible no quererlo con locura.

Y en este recorrido inesperado que es mi historia, me encontré también con mi suegra, una mujer tan hermosa por dentro como por fuera, que supo ofrecerme cuidado, respeto y apoyo constante. Nunca intentó ocupar un espacio que no le correspondía, pero fue creando el suyo propio con delicadeza, paciencia y cariño verdadero.

Y cuando ya pensaba que pocas cosas podían sorprenderme, apareció Desi, mi cuñada. Puede que algún día la vida la lleve por otro camino (ojalá que no), pero yo no pienso dejar que se aleje del mío. Porque Desi no es sólo una madraza con tres niños y uno en camino, ni solo una súper tía para Yara (que la adora); es ese tipo de persona que lo da todo sin pedir nada, que te arropa con una sonrisa y te hace sentir en casa con solo mirarte. Es generosa, cariñosa, atenta, detallista, y una cocinera que convierte cualquier comida en un abrazo. Pero, sobre todo, es luz: de esa que no deslumbra, sino que acompaña. La admiro profundamente, porque a pesar del caos diario, siempre encuentra un momento para cuidar, escuchar, y estar. Y tenerla cerca es una suerte de las grandes, de esas que no se gritan, pero se agradecen cada día.

Y luego está él.

Aunque decir “luego” no es justo, porque no viene después de nada. Está antes, durante, ahora, de madrugada, un domingo temprano, cuando todo va bien y, sobre todo, cuando todo se tambalea. Mi Guapito. El que me ha querido en todas mis formas: en las caóticas, en las que no duermo, en las que no llego, en las que me pierdo, en las que invento… con mis luces y mis sombras.

Su amor no hace ruido, pero sostiene. Y en este camino con curvas y días nublados, llevamos casi seis años eligiéndonos. Y en un mundo que cambia tan rápido, nosotros elegimos quedarnos.

No sé vivir sin proyectos. No sé vivir sin ideas nuevas, sin pasiones, sin líos creativos. Me ilusiono con facilidad, y aunque a veces eso me agota, también me salva. Creo que por eso enseño, por eso bailo, por eso escribo, por eso lanzo cosas al mundo que quizás no tengan un plan perfecto, pero sí un motor que es mío. Soñar, para mí, no es un lujo: es un mecanismo de supervivencia.

La amistad ha sido otra de mis anclas. Tengo personas que han sido refugio cuando no encontraba el mío. Amistades que no preguntan demasiado, pero intuyen todo. Con quienes puedo hablar sin filtro, llorar sin vergüenza, reír hasta que duela el cuerpo. Gente que ha estado cuando he querido rendirme. Ellos, ellas, quienes son: me sostienen. Y me devuelven a mí cuando me pierdo. Y, por encima de todo y todos, está ella: Trini. Mi amiga, mi suerte. La que está, la que escucha, la que no necesita excusas ni explicaciones para entenderte. La que acude sin que tengas que llamarla, como si tuviera un radar para detectar los días en que una no puede sola. Generosa como pocas, leal sin condiciones. No imagino una vida sin ella, porque su presencia se ha vuelto parte de lo que soy. Y sólo confío en que la vida, tarde o temprano, le devuelva todo lo bueno que da sin esperar nada a cambio.

Soy muchas cosas y a veces ninguna. Puedo pasar de la euforia al silencio en segundos. Me ilusiona un viaje, una clase bien dada, una frase bonita, una canción inesperada, un proyecto absurdo… Me enfado con el mundo cuando no encaja con mis ganas. Y aun así, insisto. Sigo. Me reinvento.

Y si pienso en mis raíces, no puedo evitar volver al sur. A ese calor andaluz que no sólo abrasa, sino que reconforta. Que te envuelve como un abrazo largo al final del día. Soy hija de un clima que invita a vivir en la calle, a reír con ganas, a disfrutar del mejor gazpacho y salmorejo, a volver siempre a una tierra que suena a bullicio y templa el cuerpo y el alma; al chocolate que me consuela sin necesidad de palabras; al deporte que me ordena el alma; a los realities que me distraen (sí, Gran Hermano y Supervivientes, sin pudores). Porque al final, también soy todo eso: lo que me cuida cuando ni yo me acuerdo de cuidarme.

Y aunque no siempre sé a dónde voy, tengo claro con quién quiero estar cuando llegue y cómo quiero que me recuerden cuando me vaya: como alguien que no supo siempre el camino, pero caminó con corazón.

Queridos seguidores, ahora que estoy de vacaciones tengo más tiempo para ponerle palabras a lo que a veces duele, emociona o simplemente necesita salir. Y ayer salió esto…

Gracias por seguir al otro lado.
Feliz verano, lleno de luz, pausas y cosas que merezcan la pena. ☀️💛
Isabel Llamas.

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