Hay verdades que duelen no por ásperas, sino porque llevan décadas escondidas bajo la alfombra de lo políticamente correcto. Verdades que nadie quiere nombrar para no romper el hechizo romántico que envuelve la palabra madre. Ese altar sagrado donde sólo cabe la entrega, la dulzura, la heroicidad. Un pedestal tan alto que, desde arriba, se vuelve fácil no ver las sombras.

Pero las sombras existen. Y entre ellas, también, las malas madres.

No hablo de monstruos ni de caricaturas. Hablo de esas mujeres que, tras una separación, convierten la maternidad en un territorio vallado donde sólo ellas tienen derecho a entrar. Mujeres que confunden la posesión con el amor, que usan a los hijos como aduana emocional, que creen que la maternidad las legitima para decidirlo todo y para negarlo todo.

A veces me sorprende lo mucho que se habla de conciliación familiar, siempre en boca de mujeres, siempre envuelta en un discurso que parece incuestionable. Pero nadie se atreve a nombrar la otra cara: que en demasiados casos esa conciliación consiste en haber tenido un hijo con alguien a quien, después, se le va a impedir ejercer como padre. Una conciliación que se reclama con pancartas mientras, por detrás, se pelea en despachos, juzgados y oficinas por obtener una pensión lo más alta posible. Una pensión que, seamos honestos, rara vez está pensada para el niño y casi siempre termina beneficiando a quien lo retiene como si fuese propiedad privada.

Son malas madres no porque falten a su deber de cuidar, sino porque olvidan que cuidar no es apropiarse.

Son las que responden “no” antes incluso de escuchar. Las que convierten cada propuesta del padre en una amenaza. Las que complican las visitas, las que hacen de cada entrega una batalla, de cada domingo una frontera. Las que prefieren ver al niño recorrer cien kilómetros de carretera cada fin de semana antes que permitir que duerma con su padre una noche más, aunque eso suponga menos cansancio, menos exposición, menos riesgo para el menor.

Y ese “no” se repite como un eco sordo en los rincones más cotidianos:
Un no cuando el padre quiere apuntar al niño a una actividad extra-escolar que podría abrirle horizontes, fortalecer sus habilidades, enseñarle a mirar el mundo desde otro ángulo.
Un no cuando propone un viaje a Inglaterra para que el pequeño respire otro aire, escuche otros acentos, empiece a familiarizarse con una lengua que le acompañará toda la vida. Un no tajante, sin explicación, con la simple arma del pasaporte retenido entre los dedos.
Un no incluso cuando el padre, movido por la preocupación genuina, pide ayuda profesional al notar señales de estrés o angustia en el niño. Un no que niega al pequeño el derecho a comprender lo que siente, a sanar, a tener herramientas.

Ese no automático, ese muro frío que se levanta ante cada gesto razonable, lógico y beneficioso, es también una forma de violencia. Suave, silenciosa, legal. Pero violencia.

Y en medio, un padre. Un buen padre. Pero de esos se habla poco. Muy poco.
El buen padre es un personaje secundario en nuestra sociedad actual: aparece borroso en los anuncios, inexistente en los debates, desdibujado en el núcleo familiar. Para muchos, sigue siendo un accesorio del hogar, alguien que “ayuda”, alguien prescindible. Y esa mirada injusta se convierte en estructura cuando llega una separación: entonces la balanza no empieza equilibrada; empieza inclinada.

España sigue tratando la custodia compartida como un privilegio, no como el punto de partida lógico y sano para un niño. Las leyes avanzan despacio, pero la cultura arrastra aún más los pies. Nos aferramos a un modelo que ya no responde al mundo real: un mundo donde los hombres también crían, también sienten, también educan, también aman. Un mundo donde la figura paterna es necesaria, imprescindible, insustituible.

Pero hay madres —sí, madres— que no permiten verlo. O que no quieren verlo. Que hacen de la maternidad un trono y del padre un visitante incómodo. Y nadie lo dice, nadie lo escribe, nadie lo denuncia: porque cuestionar a una madre todavía es un acto casi sacrílego. Como si la maternidad otorgara inmunidad moral. Como si ser madre fuera un certificado automático de bondad.

Y este año, como los anteriores, tampoco iré a la manifestación del 8M. No porque no crea en los derechos de las mujeres, sino porque creo también en los derechos de los hombres. Porque si de verdad queremos igualdad, si realmente aspiramos a caminar al mismo nivel, quizá deberíamos reservar también un día para ellos. Un 9M que nunca llega, un día que nunca se plantea, un espacio que nadie sugiere. Pero la igualdad, si es igualdad, no puede existir en un calendario donde solo aparece una mitad del mundo.

Y no.
Ni todas las madres son buenas, ni todos los padres son malos. Ni la biología viene con manual de ética incluido. Hay madres que hieren. Que manipulan. Que castigan a través del niño. Que utilizan la palabra “madre” como escudo y como arma. Y hay padres que luchan con dignidad, que se desgastan en los juzgados, que tragan kilómetros y silencios, que intentan construir un vínculo mientras alguien se dedica, día a día, a sabotearlo. Y, sin embargo, a esos hombres se les exige paciencia infinita…

Quizá sea hora de empezar a hablar de esto sin miedo. De mirar la maternidad sin filtros rosa, sin ese barniz de sacrificio perfecto, sin halos idealizados, sin un brillo impostado que no es real… De reconocer que el amor maternal puede envenenarse cuando se mezcla con el rencor.
Quizá sea hora de dejar de fingir que sólo hay madres heroicas y padres ausentes.
De comprender que la justicia, cuando habla de custodias, debería empezar siempre desde una palabra sencilla: equilibrio.

Porque los niños no necesitan una madre perfecta. Necesitan a ambos. Necesitan raíces dobles para no crecer torcidos.

Y quizá el primer paso para protegerlos sea atrevernos, de una vez, a decirlo en voz alta:
también existen las malas madres. Y reconocerlo no es un ataque; es un acto de verdad. Y la verdad, aunque incómoda, siempre abre ventanas.

Y mientras escribo esto, pienso en mi hermano. En su entereza. En su forma de luchar sin perder la ternura, sin soltar la mano de su hijo, sin dejar que el cansancio le corrompa el corazón. Y pienso también en que menos mal que no tienes el carácter impulsivo, casi de vendaval, que tiene tu hermana; porque esa paciencia tuya —esa calma que a veces desespera de lo perfecta que es— te hace grande. Te sostiene. Demuestra cómo los buenos padres son capaces de tragarse sapos enormes por el bienestar de sus hijos, por no perderlos, por no herirlos más.

Este texto es un guiño para él: que no desfallezca, que siga firme, que recuerde que la luz siempre termina encontrando una rendija.
Y que llegará un día en que Lucas será adulto, y mientras unas tendrán que inventar explicaciones, tú, hermano, solo tendrás que remitirte a la historia, a los hechos, a la verdad…