Hace muchísimo que no escribo. Quizá porque hay épocas en las que una tiene demasiadas cosas dentro y ninguna encuentra la manera de salir. O quizá porque, con los años, he aprendido que no todo merece palabras. Pero hay imágenes ante las que hasta una mirada esquiva termina deteniéndose. Y Ceuta lleva demasiado tiempo obligándonos a mirar.
Miro a quienes llegaron. Intento imaginar qué tiene que pasar por la cabeza de alguien para echarse a andar sin saber dónde va a dormir esa noche. Qué se deja atrás para aceptar la incertidumbre como destino. Qué desesperación cabe en una mochila. Qué sueños puede llevar un niño que cruza una frontera solo y termina durmiendo en una calle que no conoce. Y no puedo dejar de sentir compasión. Porque antes que migrantes, antes que cifras, antes que expedientes, antes que cualquier palabra que utilicemos para colocarlos a un lado u otro de nuestras convicciones, son personas.
Pero después miro a Ceuta. Miro a sus familias. A quienes llevan semanas viendo cómo su ciudad cambia de golpe. A los padres que sienten miedo. A quienes contemplan sus calles desbordadas y se preguntan cuánto tiempo puede soportar una ciudad pequeña una situación que nunca debería haber tenido que gestionar prácticamente sola. Y también los entiendo. Entiendo su cansancio. Entiendo su preocupación. Entiendo incluso ese miedo que desde lejos resulta tan fácil juzgar.
Porque la empatía no debería funcionar por turnos. No tendría que elegir entre el muchacho que duerme en la calle y la madre ceutí que aprieta un poco más fuerte la mano de su hijo cuando vuelve a casa. Puedo mirar a los dos. Y quizá eso sea precisamente lo que más me duele de todo esto: que nos estén obligando constantemente a escoger. O estás con unos o estás con otros. O eres solidario o eres insensible. O defiendes al migrante o defiendes a Ceuta.
Yo me niego. Me niego a aceptar que reconocer el sufrimiento de unos implique despreciar el miedo de los otros. Me niego a convertir a seres humanos en una discusión de sobremesa, en una bandera, en un eslogan o en munición política. Y, sobre todo, me niego a aceptar que quienes tienen la responsabilidad de gestionar situaciones como esta puedan llegar tarde, discutir competencias, intercambiar reproches y convertir una emergencia humana y social en otra batalla política mientras la vida continúa sucediendo en las calles.
Gobernar debería ser llegar antes del miedo. Antes del caos. Antes del enfrentamiento. Antes de que una sociedad empiece a mirarse con desconfianza. Y cuando no se llega a tiempo, gobernar debería ser, al menos, estar. Estar de verdad. No desde un despacho. No desde una declaración. No desde el cálculo de quién perderá más votos cuando todo esto termine. Estar donde están las personas. Las que llegaron buscando una vida mejor. Y las que ya estaban allí y tienen derecho a seguir viviendo la suya con seguridad y tranquilidad.
Y estar también significa mirar hacia quienes han encontrado en todo este desorden una oportunidad para hacer negocio. Porque mientras unos duermen en la calle y otros sienten que su ciudad ya no puede más, hay quien cobra cantidades desorbitadas por un colchón, un garaje o unos pocos metros cuadrados en los que hacinar a personas que apenas tienen otra opción. Quizá pocas cosas retraten mejor el fracaso de una situación como esta: que la desesperación de alguien pueda convertirse en el negocio de otro.
Tal vez hace tiempo habría terminado este texto buscando una respuesta. Hoy no la tengo. Solo sé que hay dos orillas llenas de personas asustadas y demasiada gente empeñada en gritarnos desde cuál de ellas debemos mirar. Yo prefiero quedarme en medio. Aunque incomode. Aunque desde ahí todo duela un poco más.
Porque quizá la verdadera humanidad empiece precisamente cuando somos capaces de mirar el dolor ajeno sin necesitar decidir primero de qué lado está. Y porque hay momentos en los que hasta una mirada esquiva tiene la obligación de mirar de frente.
