En los aeropuertos suceden cosas que no aparecen en los paneles de información.

Son espacios suspendidos, lugares donde el tiempo parece haber olvidado sus propias reglas y las historias se cruzan sin pedir permiso. Allí, la vida se detiene un instante y, en esa pausa sin nombre, algo se insinúa. No siempre se entiende qué es; a veces sólo queda la sensación de que algo debería haberse comprendido.

Hay quienes lloran frente a una puerta de embarque, con el alma apretada entre los dedos, intentando aprender a soltar lo que duele. Otros esperan con un ramo en la mano, ensayando el abrazo que llevan meses imaginando. También están los que consultan el reloj con una fe ingenua, como si pudieran empujar el destino a base de impaciencia.

Y luego están los otros: los que no esperaban nada. Los que sólo pasaban por allí, esperando a embarcar, matando el tiempo, creyendo que era el tiempo quien pasaba… sin saber que, en los aeropuertos, a veces es el tiempo quien decide quedarse.

A veces, entre un retraso improbable y una conversación que nadie planeó, la vida abre un pequeño paréntesis de calma. Dos desconocidos comparten una mesa, una historia, una risa. No hacen falta nombres ni promesas; basta un silencio sencillo, ese que sólo aparece cuando algo encaja sin que nadie lo esté buscando. Es un instante frágil, pero pleno, como si el mundo se sostuviera sólo en la respiración de quienes no se conocen.

Nadie sabe qué hacer con eso. Algunos lo guardan como un secreto amable, algo que no pesa pero acompaña. Otros dejan que se disuelva en el ruido metálico del altavoz cuando anuncian el embarque. Pero siempre queda algo: una huella leve, casi invisible, parecida al calor que deja una mano al retirarse de otra.

Los aeropuertos son eso: el escenario de lo efímero que deja marca. Lugares donde la gente parte sin saber si volverá, donde el amor y la distancia se rozan sin llegar a confundirse, donde la esperanza se mide por números que cambian cada pocos minutos.

Hay quien descubre una versión nueva de sí mismo en una sala de espera, observando por el cristal cómo despega un avión que no toma. Otros aprenden a decir adiós sin romperse del todo. Algunos descubren que el hogar, a veces, cabe entero en una conversación breve que no debería haber existido y, sin embargo, ocurre.

Nadie lo dice en voz alta, pero los aeropuertos están llenos de pequeñas historias invisibles: encuentros que se agotan en una tarde, miradas que desplazan destinos, promesas silenciosas que quizás nunca fueron promesas.

Después, todo sigue. Los vuelos parten. Las puertas se cierran.
Y, sin embargo, ciertos ecos se resisten a marcharse.

Quizá por eso hay algo melancólico en esos pasillos interminables: porque todos, en algún momento, dejamos allí un fragmento de nosotros. Un recuerdo que no sabíamos que teníamos, una duda que no acabábamos de resolver, una posibilidad que parecía a punto de desplegar sus alas… y no lo hizo.

Y yo, que paso media vida en estos lugares, aún no sé si los aeropuertos son una oportunidad o el final silencioso de algo que no sé nombrar. Hay días en los que los siento como un umbral que promete; otros, como un recordatorio de que todo transcurre incluso cuando uno desea quedarse quieto.
No termino de descifrar qué sentimiento despiertan en mí: si es nostalgia adelantada, expectativa tenue o una forma de deseo que no se atreve a confesarse.

Tal vez por eso regreso a ellos una y otra vez. Porque en ese desconcierto hay algo que sostiene, como si la incertidumbre también pudiera ser un lugar donde descansar. Los aeropuertos son territorio de tránsito, pero a veces se vuelven refugio. Un espacio donde nada está del todo decidido y todo, de algún modo, sigue siendo posible.

No sé si los aeropuertos son una pregunta, una frontera o un espejo. Solo sé que, en sus horas suspendidas, la vida se revela con su esencia más desnuda: movimiento, espera, anhelo, despedida. Y tal vez por eso, cada vez que vuelvo a un aeropuerto, siento que regreso a un lugar donde todo en mí se mezcla: la ilusión por lo que me espera, la tristeza suave de lo que dejo atrás, la duda, la prisa, el deseo, el cansancio, la esperanza. Viajo tantas veces que a veces pienso que dejo pequeñas versiones de mí en cada terminal, historias que no terminaron y otras que apenas empiezan. No sé si los aeropuertos son una oportunidad o el eco de algo que se despide, pero en ese vaivén de luces y altavoces descubro que la vida también es esto: seguir moviéndose, aunque no sepas del todo qué sientes. Y, a veces, un temblor sutil permanece bajo la piel, recordándonos que lo verdaderamente importante quizá no tiene destino… sólo recorrido.

Que estas fechas, con su luz tibia y su promesa de pausa, nos encuentren en medio del recorrido, allí donde aún late la posibilidad. Y que cada viaje —los que hacemos y los que aún dudamos en emprender— nos recuerde que incluso en el tránsito puede haber un hogar momentáneo.
Feliz Navidad, y que este invierno nos regale la claridad serena de esos destinos que todavía no sabemos nombrar.