Se apagan las luces, se acaban los turrones y las reuniones, las uvas, los polvorones… Se guardan los árboles, los belenes, Papá Noel se aleja en su trineo y los Reyes Magos en sus camellos. Ya a lo lejos sólo el eco de los villancicos…

Se acabó un año que sin duda dejará marca en el alma de La Palma, en la de todos, en la del mundo… Una marca convertida en cicatriz de Covid que cada día nos recordará que no debemos pasar la vida esperando veranos si también existen los inviernos. Preparándonos para el sábado mientras tachamos apáticos el lunes de nuestro calendario. Sonriendo al sol y maldiciendo la lluvia.

En mis propósitos para el nuevo año gana el de APRENDER. Aprender a vivir cada momento con las personas que quieran vivirlos conmigo. Aprender matemáticas aplicadas a la vida, esas que te enseñan las sumas que jamás pasan a ser restas, la multiplicación de los momentos bonitos y cómo despejar cada problema. Pero también quiero aprender a pintar, a cambiar los oscuros por los claros, el neutro por el arriesgado, el cálido por el atrevido, los grises por mis rosas y los tibios por los “me mojo”. A pintar de color cada pared con la que tenga cualquier opción de estamparme.

Me he propuesto aprender a hacer puzzles, dedicarles un tiempo. Porque no sé cuándo va a llegar el final de mi historia, pero para ese día yo quiero que todas mis piezas hayan encajado. Haber vivido sabiendo que precisamente vivir es lo más bonito, porque en lo bonito de la vida se incluyen las acepciones que te regala.

Aprender a agarrar el verbo amar con la valentía que implica la paciencia de cuidarlo día a día. A luchar por las relaciones, incluso las que se pintan difuminadas, de abstracto…Porque para perder las guerras primero hay que ser capaz de enfrentarlas aprendiendo en derrotas. Hacer de mi paleta estallido y no rutina. Ignorar al mapa que me recuerda que de mi casa a la tuya hay más miedos que kilómetros. Y pintar así un cielo repleto de nubes, pero siempre acompañadas de infinitos claros. Aprender a pintar corazones de espuma sobre el café y en el vaho de cualquier cristal.

Me encantaría ser capaz de calcular el lugar exacto en el que fijar mi mirada y, antes de que sea demasiado tarde, agachar la cabeza para aprender de las sombras que proyecta el resto.

Y así, con un sinfín de tonalidades, aprender a pintar de color esperanza esa guerra pendiente que todos tenemos que ganar, de blanco arrepentimiento el perdón que nunca debemos obviar, de color fluorescente aquel recuerdo que jamás debió aparcarse, de azul cielo la salida de emergencia a éste, e, incluso, sustituir el color oscuro del miedo, el que se asemeja al clásico de las nueces de los nogales centenarios por el tono que yo, valiente, escoja.

Aprender a pintar la ruta que me recuerde siempre de dónde vengo. A pintar claves de sol, corcheas, blancas o negras que nunca bailan con el destino porque el destino no baila con nadie. A pintar un punto final que no equivalga al miedo, ese que se convierte en el rey de los finales.

Y por supuesto, aprender de una vez por todas a pintar en negrita y subrayado ese verbo que sustituya a las muchas vueltas que damos al condicional para conformarnos con un presente, quedarnos a las puertas de construir el futuro perfecto y acabar coloreando el recurrente gerundio del verbo HUIR. Aprender a que para ganar no se debe mirar nunca el retrovisor.

Porque a vivir se aprende y a pintar también.

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