Hoy ha sido uno de esos días en los que cuando el timbre de las 15.00 horas sonaba en el instituto, yo, exhausta, cerraba los ojos y daba gracias a Dios. Parecía que la jornada no fuera a terminar nunca. La llegada de la primavera se deja notar en los chic@s y parece ser que el solecito invita a “desmadrarse” un poquito más si cabe. Menos mal que ese solecito es el mismo para tod@s, y a esta andaluza obviamente le recarga las pilas de forma sobrenatural.

Voy a intentar ponerles en contexto: imagínense una clase de 25 alumnos, de edades comprendidas entre 11 y 13 años (1º ESO), un viernes y a última hora… Bueno, da igual, no se lo imaginen porque es imposible, hay que vivirlo…

He llegado a casa, y lejos de relajarme, no he podido evitar repasar en mi mente la imagen de estos chicos junto con su última conversación: “Tú, gitano, y vosotras, chicas, estoy esperando vuestro euro para el botellón de mañana por la noche. Mis padres se van y la vamos a liar bien en la cochera. Además, le compré ayer a Jorge el de 1º de Bachillerato 4 condones por 4 euros, por lo que pueda pasar…”

Se supone, que al pertenecer a este gremio, debo estar más acostumbrada a este tipo de situaciones. Y la verdad, es cierto. Ya poco puede sorprenderme. Créanme que he visto de todo. No obstante, no es una cuestión de asombro o sorpresa, se trata más bien de un profundo sentimiento de pena y nostalgia. A ver: no hace tanto tiempo desde que yo ocupara una de esas sillas. No hace tanto tiempo desde que yo fui una alumna de 1º de la ESO…Sinceramente, los cambios en el comportamiento, los intereses y los valores de los adolescentes han sido abismales. Yo me sentía muy afortunada por vivir esa época que me tocó vivir. Aquella en la que si estudiaba y atendía a mis responsabilidades semanales mis padres me dejarían salir el sábado hasta las 00 de la noche. Iría con mis amig@s a comer una pizza y luego jugaríamos un rato en la calle al escondite, charlaríamos o nos inflaríamos a chucherías…¿Era lo propio no? ¡Tenía 11 años!

Es verdad que con 18 el toque de queda del sábado podía, con un poco de suerte, unos cuantos mimos y carantoñas al papi, y por supuesto siempre muy buenas notas, alargarse a las 2 de la mañana (pero sólo el sábado). ¡Y yo me sentía tan afortunada de poder vivir esa época en lugar de la que tuvieron que vivir mis padres recogiéndose en casa prácticamente cuando yo salía!.

Mi primer beso fue con 15 años, casi 16. Y bueno, no voy a hablar de temas sexuales, forman parte de mi intimidad, pero bien es cierto que si me comparo con las chicas de hoy en día a su edad, reconozco que tenía muchísimo que aprender. Pero la verdad, no era algo que me inquietara. Mis muñecas y mis ensayos de bailes para fin de curso me tenían bien entretenida y feliz.

Con 11 años no sabía lo que era perfilarse los labios, levantarse una hora antes para maquillarte antes del ir al instituto (en todo caso, me levantaba para ver un nuevo capítulo de Heidi antes de irme al cole). Jamás se me ocurrió llevar un cepillo en mi mochila y mucho menos un estuche con sombras de ojos para retocarme en los recreos o incluso en mitad de una clase (como alguna descarada).

No se conocían términos como sexting, phubbing, bullying, grooming o selfies.

A mí me tocaban a la puerta para ver si me quería ir a jugar en lugar de enviarme un whatssapp. El chico que me gustaba, me enviaba notitas en clase con poemas de amor para conquistarme, jamás un selfie luciendo músculos ni abdominales. No recuerdo a nadie víctima del bullying durante mi época de estudiante. Cualquier malentendido o riña acalorada se solucionaba a la salida del cole con 4 tirones de pelos en el caso de las chicas y 2 empujones en el de los chicos.

Gracias a Dios, tampoco fui objeto de sexting, phubbing o grooming porque nada de redes sociales ni de ordenadores. Las calles estaban plagadas de bicicletas, patines, combas, elásticos, muñecas y pelotas. Mi primer teléfono móvil llegó con mis 18 años, cuando me iba de casa a estudiar a la facultad. Y por supuesto, se trataba de un teléfono básico. Sólo con el paso de los años y el avance de las tecnologías tuve un teléfono normalito. Pero desde luego, creo que nunca tendré el famoso Iphone 6, ya repetido entre mis alumnos de 2º de la ESO, independientemente de su trayectoria académica durante el curso (que aún siendo brillantes me parece excesivo…) ¿No es suficiente un Samsung o un Sony?. Vuelvo a alucinar.

Es cierto que la tecnología llegó para mejorar la calidad de vida. Sin embargo, el mal uso de ella está causando graves problemas sobre todo entre los adolescentes. No tienen pudor a la hora de enviar fotos de todo tipo, de escribir conversaciones poco adecuadas para su edad ni de grabar videos de mal gusto o con contenidos yo diría que “censurables”. Hoy en día, para mí, dar un teléfono móvil a chicos de estas edades es comparable a dar un rifle cargado a un niño de dos años. No tienen la madurez suficiente para hacer un buen uso de éste y de las redes sociales y en muchas ocasiones, las consecuencias son nefastas.

Para quienes nacieron en esta “era digital”, es casi imposible imaginarse sin un teléfono móvil en la mano (o en el bolso) e incluso sin un ordenador que tenga conexión a Internet.

La mía, era esa época de “las niñas con las niñas y los niños con los niños”. Nosotras éramos felices con la comba, el elástico, la rayuela, los juegos de manos como el famoso “miniquituli”. Los chicos, por su parte, jugaban a las canicas, a la peonza, al fútbol…

Pero…¿qué ha pasado?, ¿dónde está la inocencia de esas edades?, ¿por qué los parques y las calles están desiertos de niños sudando mientras juegan unos con otros? ¿Dónde está el respeto a los mayores?. El “por favor”, las “gracias”… ¿No tienen la  impresión de haber pasado de “libertad” a “libertinaje”?

Desgraciadamente tengo la sensación de que hoy en día la adolescencia puede convertirse en una etapa muy dura simplemente por el hecho de que no te guste el alcohol, los porros, las enfermedades venéreas y los selfies. Yo alucino de nuevo. Y probablemente no seré consciente, pero estaré alucinando en “3D” en lugar de “en colores” tal y como se alucinaba en mi época.

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