Qué duda cabe que catorce años en el mundo de la enseñanza no son suficientes para incluirme en la categoría senior (ese mérito y ese trabajo es sólo atribuible a unos pocos). No obstante, tal vez un rango cadete sí que me corresponda. Créanme, pese a esos períodos vacacionales que todos conocen y que no hace falta que yo les explique, tantas temporadas en 1ª línea de batalla dan para mucho desaliento, mucho desánimo y más desazón. Me toca admitir con tanto alivio como desconsuelo (pues de alumna pasé a ser docente) que yo afortunadamente me salvé del continuo vaivén de reformas educativas descabelladas, desacertadas, inútiles e incongruentes.
Y por aquel entonces yo estudié Lengua, Matemáticas, Inglés, Historia y Latín entre otras… Porque tanto los jóvenes de antes como los de hoy, con más frecuencia de la que imaginamos, necesitan encontrar soluciones y consuelo en Einstein¸ Marie Curie o Pasteur pero también necesitan a un Aristóteles que de sentido a las continuas crisis existenciales propias de su adolescencia. Ni Análisis Musical, ni Cultura Científica, ni Tecnología Industrial ni Anatomía Aplicada… esto es sólo una sobrecarga de asignaturas en detrimento de las verdaderamente importantes y para las que no hay horas lectivas suficientes.
Yo aprendí a leer y a escribir con tesón y constancia y leyendo y escribiendo aprendí a amar nuestra lengua. Pero yo no fui una excepción, sino que TODOS mis compañeros de clase también aprendieron. Entiendo que ustedes entienden que en ese TODOS estaba Pedro y también María. No hace falta que le demos tanta vuelta ni mucho menos una nota a pie de página que lo explique. Porque en esta sociedad actual en la que vivimos nos dedicamos a lo innecesario e inútil. Somos un país digno de morir de éxito (tenemos todas las herramientas para que así sea), sin embargo, nos hemos convertido en una sociedad estancada y embrutecida por 20 años de despropósitos en los planes educativos de los distintos gobiernos.
Y continúo: nosotros, los de mi generación, mientras aprendíamos Lengua aprendíamos también Gramática. No obstante, nuestra actual ministra de Igualdad se afana en suspendernos la materia 30 años después no sé si por una cuestión de batallas y egos personales o lo que es peor, como consecuencia de un preocupante y lamentable analfabetismo de aquellos que nos lideran y que en muchas ocasiones no nos representan.
Abatidos e inmersos en una espantosa pandemia mundial, víctimas de una triste realidad de desigualdades sociales, de precariedad de empleo, de colas de hambre… y ante un panorama realmente desolador lo importante parece ser obcecarse y obsesionarse con esta moda de lenguaje inclusivo, el más exclusivo de todos (tal vez no hayan reparado en ello pero quizás esta sea la razón por la que Francia, uno de los países de la Unión Europea que más invierte en educación, haya decidido prohibirlo en las escuelas). Sin embargo, usted, señora Montero, no deja de ponerse a sí misma en evidencia con el uso tan reiterado como ridículo del monema “e”. Basta con escucharla tratando de conjugar y mantener concordancia en frases, que a poco que pasen de ser simples a subordinadas se convierten en intransitables para usted misma. Y lo siento mucho señora ministra, tal vez esa decisión de Francia a usted le parezca un verdadero genocidio pero si algo tengo yo claro es que tenemos que retomar la lengua de antes, la de la solidaridad, la coherente, la universal. La mejor forma de combatir esta estúpida moda del lenguaje inclusivo es detenerse a escuchar a sus usuarios para ser consciente de que este tipo de lenguaje no constituye más que una dificultad añadida, un tremendo obstáculo para la comprensión de los textos y la producción oral.
Hoy, en Mayo de 2021, no es de recibo debatir sobre los participios activos de los tiempos verbales: presidente (que no presidenta), paciente (que no pacienta), ardiente (que no ardienta) sino de eliminar y erradicar el sufijo “ismo” de nuestra sociedad: el del fascismo, racismo, populismo o extremismo irracional que no se curarán hasta que lo prioritario sea lo primero y que la razón entre en juego.
Así pues, señora Montero, demos un voto de confianza al señor Escrivá y a su ministerio de Inclusión, la de verdad, la que nos enseña que lo mejor que tiene el mundo es los muchos mundos que cotiene.
Ni niños, ni niñas, ni niñes ni gaitas. No compremos la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres (lucha loable y conseguida hace muchos años en nuestro país) con la creación de Ministerios incompetentes y mal planteados destinados a crear vocablos y neologismos ridículos que sirvan para distraer la atención de la ciudadanía.
Por favor, céntrense en lo verdaderamente importante porque: “si no sabes hacia qué puerto zarpa tu barco, ningún viento te será favorable”. Y en este navío, tristemente, naufragamos TODOS/ TODAS Y TODES.
“PODEMOS…”.
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