Me gusta aquella reflexión de Bob Marley que decía: “no vivas para que tu presencia se note, sino para que tu ausencia se sienta”. Así pues, si mañana no estoy, si abrieras los ojos y mañana no estuviera, si llegara la noche y faltara ese susurro discreto, esa frase que siempre encontraba su lugar en la calma: “abrázame para dormir”, entonces tal vez caerías en la cuenta de que estuve y que peleé mucho hasta el final, aquel en el que tú creías estar ganando, pero yo, en silencio, simplemente me preparaba para marchar…

Si al despertar buscaras en la cama ese rincĂłn cálido que solĂ­a dar calma, y encontraras sĂłlo el frĂ­o de lo ausente, si tus desayunos fueran simplemente desayunos con cafĂ©, sin la tormenta de mis mil historias atropelladas… entonces tal vez entenderĂ­as que no era el cafĂ© lo que te despertaba, sino la vida que yo en cada palabra, en cada plan y en cada anhelo derramaba…

Si despertaras sin mis infinitos sueños que, aunque repetidos, siempre encontraban una nueva forma de latir, si un día descubrieras que los armarios respiran con más espacio, que los cajones ya no luchan por cerrarse, si el chocolate deja de ser un imprescindible en la nevera, si el vinagre sobrevive meses y no días en tu cocina, si los torneos de tenis pasan desapercibidos y Djokovic deja de ser la estrella de tu casa, si Vanesa Martín ya no envuelve las paredes con su voz ni sus letras llenan los vacíos de tu hogar, si los bailes se detienen, si las ilusiones no vuelven a encenderse cada día… entonces entenderías que lo esencial no era lo visible, sino aquello que, con tanto esfuerzo y sacrificio sostuvo lo imposible.

Si un día te encontraras frente a un silencio que no sabe a pausa, sino a ausencia, si al llegar a casa buscaras mis pasos y sólo escucharas el eco de los tuyos… entonces tal vez entenderías que no es la soledad lo que hiere, sino el miedo y la necesidad de aquello que sabes que ya no vuelve.

Si los planes fueran sólo planes y no pequeños universos de posibilidades, entonces tal vez entenderías que el tiempo no es cuestión de medida, sino de cuánto duele la herida.

Eso sĂ­, si algĂşn dĂ­a no estoy, recuerda que, aunque no lo creas, aunque no tengas ni idea, estuve porque hubo un tiempo en que hiciste magia, hiciste vencedora a alguien que vivĂ­a en guerra, ganaste todas las batallas a su pena.

Si algĂşn dĂ­a no estoy, recuerda que estuve porque un dĂ­a supiste cĂłmo deshacerme los miedos, trayendo paz a mucho del caos que llevaba por dentro.

Si algún día no estoy, recuerda que estuve porque hubo un tiempo en el que eras capaz de averiguar dónde dolían todas y cada una de las heridas que ni siquiera se veían. Porque sólo a ti te las mostré, te confié las infinitas taras de mi alma y tú, con hilo de calma, me escuchaste, me aliviaste cada desgarro. Te declaré sastre, porque entre tus manos mi piel rota halló remiendo, porque tus puntadas, precisas y firmes, hicieron de mis ruinas un abrigo nuevo.

Si algún día no estoy, recuerda que estuve, porque en tu abrazo hallé el refugio, el bálsamo que apagaba tempestades, donde el mundo, por un instante, perdía sus crueldades.

Si algĂşn dĂ­a no estoy, recuerda que estuve, porque tu mirada, tan firme y sincera, era faro en la noche, mi brĂşjula certera.

Y hubo momentos, muchos momentos en los que la vida me colocó a la misma distancia de irme que de quedarme para siempre. Pero hoy tocó partir…

Pero si estuve y hoy no estoy, ten claro que es porque me dejaste en medio del océano, así que ahora no tienes derecho a saber qué pasó entre yo y los tiburones.

No obstante, yo siempre lo tuve claro: aunque estuve y ahora no estoy, el corazón tiene memoria, y es por eso y por todo lo que estuve por lo que en mi latir siempre guardaré tu historia: Gracias por los momentos y días que hicieron de mi estancia un capítulo feliz en el libro de mi vida.

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