Con demasiada frecuencia lo que más grito es lo que no digo pero hoy voy a hacer una excepción, hoy no me callo, este texto está orientado a ser mi terapia más reivindicativa.
Yo debería estar corrigiendo exámenes, rehaciendo otros para los alumn@s que vuelven del aislamiento y buscando una nueva fecha y un hueco libre para repetírselo, mandando información a las familias a través de la plataforma Papas, respondiendo correos electrónicos e incluso descifrando quién era el verdadero destinatario de alguno de ellos (pues no podemos exigir a los padres un dominio y conocimiento de las nuevas tecnología a este nivel y de la noche a la mañana), subiendo tareas a Classroom, documentos a Drive, conectándome vía Meet, desde casa y en horario no lectivo a las reuniones de departamento, claustros y evaluaciones, preparando las tareas para los alumn@s en cuarentena, grabándome en video para los grupos semipresenciales que también tienen clases desde casa, manteniendo el contacto trimestral con las familias vía telefónica, pasando a Delphos las faltas de asistencia, tomando las medidas oportunas con los alumn@s absentistas y preparando los exámenes con las adaptaciones curriculares correspondientes para los ACNEES de cara a la 1ª evaluación (en inglés 5 pruebas mínimo por destreza y grupo: listening, reading, writing, speaking, grammar & vocabulary). Porque no podemos obviar nuestra bandera, esa en la que los altos cargos se han empeñado en mezclar cada vez con más frecuencia el rojo y el amarillo español con el rojo y el azul británico (independientemente del resultado de la combinación) dejando así patente el éxito del bilingüismo en nuestro país. Vistos los debates electorales y las disputas de unos y otros miembros del Gobierno por colgarse la medalla del bilingüismo e incluso del trilinguismo es evidente que en esta defensa a ultranza no han reparado en analizar cómo se dan las clases de otras asignaturas en un idioma no materno y tampoco son conscientes de la pérdida de calidad de contenidos, reflexión, análisis, comprensión y producción que ello supone para el alumnado. Pero aún hay más, esos que siguen derogando e inventando leyes educativas continuamente, esos que jamás pasaron el umbral de la puerta de un aula para comprobar cómo identificar un sujeto y un predicado en lengua materna se convierte en álgebra o ecuación de 2º grado para la mayoría de los estudiantes tampoco se imaginan que obviamente y de rebote el nivel de inglés entre los alumn@s de secundaria es, en reglas generales y siendo muy sutil: VERGONZOSO.
Por otro lado, entre toda la tarea ya enumerada, no se te ocurra dejar a los chic@s ni un minuto solos en el aula, espera a que otro compañer@ venga y te de el relevo (no vaya a ser que en tu ausencia, se quiten la mascarilla, se junten más de lo normal y se contagien). Y olvídate de ir al baño entre clase y clase, hay otro profesor esperando también su testigo, no puedes retrasarte y “pinchar la rueda”.
Y sin ningún tipo de reparo nuestros dirigentes se enorgullecen al afirmar que los centros de enseñanza son seguros. Pero aquí estoy yo, en condiciones (muy a mi pesar) de opinar justo lo contrario. Que no, que los centros educativos no son seguros, que en todo caso, alumn@s y profes los hemos hecho seguros en un ejercicio de sacrificio diario, responsabilidad de unos y de profesionalidad de los otros acatando normas estrictas que por sorprendente que parezca ni siquiera los más pequeños han dejado de asumir con total resignación y madurez (desinfectarse las manos continuamente con gel, no quitarse la mascarilla durante las 7 horas de clase, mantener la distancia de seguridad y permanecer sentados en su sitio toda la mañana a excepción del ratito de recreo). Porque desde luego, esta “seguridad” nada tiene que ver con las promesas de los de arriba de proporcionarnos las enfermeras que nos prometieron, de bajarnos las ratios, de acondicionarnos espacios, de dotarnos con equipos de protección (me da igual si Epis o Blases).
Que no se lo crean, que el contexto y los recursos escolares siguen siendo tan deficientes como lo eran previamente a la pandemia. ¿Que a los centros más afortunados se les ha dotado con cámaras web para grabar las clases en streaming y que los alumn@s en modalidad semipresencial puedan conectarse y seguirlas desde casa? Ahhhhhhh, muy bien, ¡qué bonito suena! Pero, ¿saben ustedes que la wifi en los centros funciona un día sí y cuatro no?, ¿son conscientes de que muchos alumn@s aún no disponen del ordenador que se les prometió y aún a estas alturas de curso son víctimas de la brecha digital?, ¿saben que muchos docentes tenemos que venir cargados de casa con altavoces propios y diferentes accesorios para poder dar nuestras clases con un mínimo de dignidad?
Y ya bajan las temperaturas, llegan las primeras lluvias, nos adentramos en un invierno más gris y crudo que cualquier otro. Sin embargo, aunque es difícil encontrar cobijo, abrigo o calor en estas aulas gélidas con ventanas y puertas abiertas permanentemente para favorecer la correcta aplicación de las normas de ventilación, me alivia saber que el hecho de que los alumn@s estén en las clases envueltos en sus mantas y esperando que en cualquier momento aparezca un pingüino y los ayude con la tarea va a contribuir a que de alguna manera yo pueda mantener mi mente fría (incluso estando resguardada bajo mi plumas toda la mañana). Una mente fría que me ayude a sonreír cuando en realidad ser docente en tiempos de Covid invita más que nunca a llorar desesperadamente. Porque ya basta, porque no hay derecho, porque se está vendiendo una educación de calidad cuando de lo que se trata en realidad es de una educación de “purpurina”. Los alumn@s no están recibiendo la formación que merecen. El planteamiento Covid funciona en el telediario, en la comparecencia semanal de los Ministros correspondientes, en el Congreso y sobre el papel, pero no en la práctica. Los chic@s están perdidos, desorientados, exhaustos, coartados, menos libres que nunca, con miradas de resignación, rostros y semblantes tristes ocultos tras las mascarillas que salvan vidas pero esconden sonrisas, las propias de su edad…
Docentes y alumn@s hemos esperado demasiado esperanzados a Septiembre. Seguramente los políticos tendrían todo a punto de cara a este complicado curso escolar encuadrado en un escenario de pandemia. Pero no, su batalla era muy diferente: mociones de censura, reproches de colegiales, continua lucha de egos, aprobación de presupuestos… Y ahora, justo ahora es el momento de poner sobre la mesa la problemática de la ocupación, de la monarquía…
¿Y a nosotros quién nos pregunta?, ¿y a los alumn@s quién los abraza este curso?, ¿acaso este año no lo necesitan? Este gremio tiene que asumir que la vida sigue, afrontar una realidad inevitable… A nosotros no nos protegen con mamparas, tampoco nos ofrecen la posibilidad de teletrabajar. Ni hablar de citas previas o consultas telefónicas. Nosotros tenemos que dar la talla, asumir el reto, exponer nuestra salud física y mental, trabajar el doble: en clase, en casa, formación continua, digital, videollamadas, correos electrónicos, informes, clases streaming…
Y todavía hay quienes corren menos suerte que yo y no se encuentran el plato de comida puesto en la mesa calentito cada día. Ell@s tienen que hacer cosas “extraordinarias” como prepararla, sentarse a comer, hacer la compra, limpiar la casa, atender a sus mayores e hij@s, llevarlos y recogerlos del cole, dedicar tiempo a sus tareas, a su crianza… A otr@s, sin embargo, nos gustaría poder seguir haciendo cosas “extraterrestres” como un ratito de deporte al día, un café con un amig@, una cita en la pelu para unas mechas e incluso un ratito de evasión frente a la tele… (sólo un ratito, no más…).
¿Qué pasa ahora con el lenguaje inclusivo? ¿Ahora no somos todos /todas y todes iguales? ¡Estamos desbordados, no aguantamos más estrés, carga ni presión!
¡Basta ya! Los docentes también somos personas de carne y hueso y muchos como yo llegaron a las aulas llenos de ilusión y queriendo comerse el mundo pero, sin embargo, es éste mundo de la enseñanza de purpurina (que no de calidad) el que nos está engullendo. Aquella ilusión por llegar a ser profesor@s a base de mucho esfuerzo, horas de estudio y sacrificio y más mudanzas de las que ya podemos contabilizar, aquellas expectativas idealizadas se han visto truncadas al chocar contra el muro de la ley de la obsolescencia, de la ignorancia, de la insolencia y de la rutina del sistema.
Y llegarán Julio y Agosto y de nuevo volverán a cuestionarse nuestras vacaciones de verano. ¡Basta ya! ¿Quieres ser docente? ¡Prueba, es una bicoca!
Y da igual, porque al final todo este desatino nada tiene que ver con ideologías de izquierdas, de derechas o de centro (sin excepción alguna), sino con ministr@s eruditos e incompetentes como la Sra. Celaá, con presidentes de cualquier gobierno español que desde hace más de setenta años están clavando a martillazos con ahínco e irresponsabilidad la tapa del ataúd del sistema educativo. Con todos mis respetos (o mejor no, con el que se merecen): ¡Váyanse todos/todas y todes a la mierda!
PORQUE LAMENTABLEMENTE ESTO NO ES MAGIA. ES EDUCACIÓN, EDUCACIÓN DE PURPURINA.
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