Llevo un tiempo sin escribir, y los que me conocen saben que sólo sé hacerlo cuando lo hago desde el corazón. Pues verán, no he dejado de sentir ni un solo día, además de sentir intenso, tal y como soy yo: intensa, muy intensa. Lo que ha pasado ha sido simplemente que estos últimos meses volaba mientras sentía (porque he volado mucho: ventana, pasillo, salida de emergencia… y he sentido el cosquilleo en cada puerta de embarque). También he bailado mientras sentía, he corrido a clase mientras sentía, me he expuesto en un Congreso con las emociones a flor de piel o incluso se me han cerrado los párpados al acostarme al final de un día frenético, siempre con ese sentir constante… Mientras tanto, mis palabras estaban ocupadas viviendo dentro de mí, esperando el momento perfecto para salir. Pero hoy, hoy siento y tengo el tiempo, el espacio, el lugar y la necesidad de expresarlo.
Así que, una vez más, es momento de mi catarsis personal:
Cariño, eres la única persona a quien dedico un artículo por tercera vez con tan sólo seis añitos, y créeme, esto no es casualidad. La inspiración, al final, es amor, y tú sabes ganarte su espacio en cada letra. Hay una razón detrás de cada palabra: tu presencia justifica el esfuerzo y el sacrificio (pues aunque disfrutemos muchísimo juntas, admito que a veces creo que puedes llegar incluso a agotar mi existencia ;-). Tu mirada sostiene mi intención, tu forma de descubrir el mundo hace que valga la pena expresar lo que provocas. No se trata de halagos vacíos; si hoy vuelvo a escribirte es porque lo mereces, porque ya hoy tú puedes leerme y porque quiero que algún día seas consciente de lo muchísimo que te quise, te quiero y te querré.
Porque con tus palabras, tus “te quiero”, tus abrazos, nuestra complicidad y tu madurez te has convertido en la niña de mis ojos. Y los tuyos son demasiado bonitos y serenos, mucho más de lo que cabría esperar a tu edad. Porque cuentan una historia que no eligieron vivir, creciendo entre conflictos de lealtades y esquivando al caminar las espinas que otros dejaron a su paso. Has aprendido a callar cuando el mundo a tu alrededor insiste en gritar, pero no te preocupes, te prometo que algún día, cuando lo entiendas todo, si tú quieres, pondremos todo el dolor en un sobre y lo devolveremos a su remitente. Con el tiempo entenderás que el divorcio no es una tragedia; lo trágico es dejar que el alma muera por permanecer al lado de alguien a quien no ama.
Por eso y por mucho más te mereces que te recuerde lo que vales y todo lo bonito que despiertas en quienes tenemos la suerte de tenerte en nuestra vida:
Eres la tirita que repara cuando algo me daña.
Eres la calma interior perfecta y el caos exterior… inevitable.
Eres quien me demuestra que quien no te comprende es, sencillamente, quien no se ha detenido a mirarte.
Eres capaz de hacerme vivir en paz justo en mitad de una guerra, de cualquiera de mis guerras, las que existen o las que se avecinan, da igual porque tú siempre llevas la firma de mi tregua.
Eres la que me enseña que el amor tiene el tamaño de tu abrazo, que se esconde entre tus infinitos nombres: Yara, Yarita, cariño, ratita, suertuda, mi niña…
Eres quien no sé si ha venido para quedarse, pero mientras el futuro es incierto, el presente nos pertenece.
Eres puro arte cuando estiras las palabras, arrastras las eses y exageras el acento como si llevaras años paseando por las calles de Sevilla. Eres mi pequeño loro madrileño con alma de sur.
Porque tú y yo somos la verdad que todos ven, el abrazo sin reproche, el amor sin condición, la alegría sin motivo, el baile simpático, la travesura cómplice, el outfit conjuntado, la risa inesperada, el consuelo que no necesita palabras, la mirada que siempre encuentra refugio, las chocolatinas compartidas, las historias susurradas al oído, los secretos que guardamos, los acentos aprendidos, los dibujos con corazones, las barras de labios rosas, las conversaciones que terminan con tu cabeza apoyada en mi hombro y mi voz bajando el ritmo para que te duermas.
Somos los «otra vez» después de cada pino y cada baile, y la promesa silenciosa de que, pase lo que pase, estaremos juntas. Tú y yo somos dos de los lados del triángulo. Y estoy segura de que tú y yo seremos todo el tiempo que nos quede.
Te quiero infinito, ratita.
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