Pues sí, como a muchos de vosotros, me ha vuelto a pasar. El problema es que esta vez ya no quedan fuerzas para afrontarlo, asimilarlo es obligatorio. Y te preguntas: ¿cómo es posible?, ¿en qué fallé esta vez?… Índice, introducción, múltiples epígrafes, conclusión, bibliografía… No sólo conocía el tema sino que era uno de mis favoritos… Obviamente hice referencia a las obras de: “Moby Dick”, “The Black Cat”, “The Murders of the Rue Morgue” e incluso a la primera edición de Whitman “Leaves of the Grass”. La noche previa al examen, de hecho, “canté” el tema con una facilidad y soltura equivalentes a incalculables horas de estudio. Entonces… ¿fue tal vez la parte práctica en la que erré? Pero… ¡No puede ser, demasiados fallos para una nota tan baja!.

Y es en ese preciso instante, ese en el que eres consciente de que sigues siendo un número más que engrosa la lista de interinos en educación. Entonces tu impotencia, desazón y desasosiego no te dejan opción alguna. Sólo puedes llorar, sentir como tu autoestima se resquebraja de forma alarmante. Por tu cabeza: las horas de sacrificio y dedicación, los viajes a la academia a Madrid, la inversión no sólo de tu tiempo sino también la inversión económica tuya y de la buena fe de tus padres, los fines de semana encerrada en casa con infinidad de supuestos prácticos sobre la mesa para descifrar. Porque ojo, la mayoría de las veces podrías definirlos más como puros jeroglíficos que como meros supuestos prácticos. Las discusiones con tu entorno por la tensión acumulada, los incalculables “bajones” traducidos en desesperantes sollozos que dan salida a una ansiedad desmedida. Las pastillas para poder conciliar el sueño… En definitiva, las tremendas ilusiones proyectadas en algo que de nuevo, sin entender cómo, se desvanece en un instante.

Y lo siento, esta vez no cedo. Ésta no accedo. No me pidan que dé gracias a Dios por tener trabajo, porque sí, lo sé, “es de bien nacido ser agradecido”, pero… “al César lo que es del César” y una vez más, el César “se va de vacío”. O lo que es peor, “se va roto”. Replanteándose su valía una y mil veces. Buscando alternativas desesperadamente para no tener que repetir el proceso.

Y entonces, pocos días después, cuando tú aún sigues totalmente perdido buscando tu brújula y sin consuelo alguno, saltan todas las alarmas ante un sistema totalmente injusto, angustioso y preocupantemente opaco: testimonios de varios docentes que participaron como examinadores en previas oposiciones confirmando la existencia de cupos de aprobados para cada tribunal: “nos obligaron a suspender a candidatos que tenían la oposición aprobada”, “recibimos sugerencias e indicaciones para limitar el número de aprobados en cada tribunal”, “mediante hojas de cálculo íbamos poniendo las notas. Si el primero que teníamos que suspender tenía un 7,5 al final acababa teniendo un 4,9”.

¿No les parece una aberración?. Señores, se está jugando con el tiempo, la ilusión y la dedicación de las personas. ¿Cómo es posible que en determinadas Comunidades se queden plazas desiertas?. ¿Tan mal lo hacemos?. Si somos tan nefastos, ¿por qué nos dejan al mando del porvenir de nuestros jóvenes?. ¡Por Dios, que alguien haga algo!. Alguien que pueda, porque desde luego no está en mi mano, aunque no miento si les digo que mi silencio es mi grito más fuerte.

¿Cómo es posible que no tengamos derecho a una revisión de examen?. ¿Cómo es posible que los criterios de calificación no estén claramente definidos? Créanme, esta sensación de abatimiento y humillación personal no es gratuita.

No voy a hablar de justicias o injusticias, lejos de ejercer de juez, hablaré de sensaciones y sentimientos, pues hoy se entrecruzan en mi interior y me desbordan.

Porque yo no sé si es justo o injusto que después de diez años de servicio, muchos de ellos estudiando a conciencia, aún no tenga mi plaza fija.

No sé si es justo o injusto que haya tenido que denunciar mi antigüedad para poder cobrarla.

No sé si es justo o injusto que por realizar el mismo trabajo que mis compañeros con plaza fija, tenga un trato diferente (por supuesto, siempre en desventaja).

No sé si es justo o injusto que después de diez años deambulando por toda la geografía española, aún no haya podido optar de cualquier forma a un lugar de residencia habitual.

No sé si es justo o injusto que tan sólo dos días antes del inicio del curso académico, yo sea conocedora de mi inminente nuevo destino. 

No sé si es justo o injusto que tenga tantas vacaciones.

No sé si es justo o injusto mi número de horas lectivas semanales.

No sé si es justo o injusto aulas de treinta y dos alumnos con necesidades educativas totalmente dispares.

No sé si son justas o injustas las constantes faltas de respeto de alumnos y progenitores.

No sé si es justo o injusto que la ley me obligue a guardar el examen de un alumno durante un mínimo de tiempo para una posible revisión posterior, y que yo no tenga derecho a revisar mi examen de oposición.

No sé si es justo o injusto que en la P.A.U. haya opción a revisión y doble corrección, y en un concurso de oposición directamente no haya opción.

No sé si es justo o injusto trabajar en aulas con temperaturas por debajo de lo que estipula la ley porque el presupuesto no da para una nueva derrama en el consumo de gas.

Por eso hoy este artículo, porque cuando me aferro a intentar olvidar lo que siento, me resulta inevitable recordar lo que merezco.

Así que, dicen que detrás de los miedos está la vida, ha de ser esa la razón por la que yo a día de hoy no encuentro la mía.

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