Pues sí, si alguien me hubiera avisado de que iba a querer tanto, sin duda habría empezado a hacerlo mucho antes que luego me entran los “agobios”. Porque no soy de las que deja las tareas para mañana. Sin embargo, sí soy de las que intenta no caer en el error de pensar que siempre “tendrá tiempo”.

A veces (muy pocas la verdad), alguien me ha hecho sentir como una persona demasiado dependiente emocionalmente (y creo que tienen razón), me definen como alguien que requiere y necesita un contacto físico continuo, una adicta al genérico de los ansiolíticos, el abrazo. Esa soy yo. La que siempre guarda en su despensa una buena cantidad de besos, achuchones e infinidad de “te quieros” para un alumn@ que llora porque ha suspendido, para mi madre que aunque no los necesita, yo sí. Porque hace mucho que no la veo, porque estamos lejos, porque es esencial en mi vida. Para mi abuela que siempre es tan generosa, para mi padre, que al igual que a mi le encantan. Para mi Artista, porque encima a él lo súperrequetequiero a diario. Por sus idas, por sus venidas y sus caídas, lo súperrequetequiero por todos lados. Por sus medias sonrisas, por sus carcajadas infinitas, por sus manías, por sus defectos. Por sus besos, sus susurros y sus versos. Por sus caricias, sus cosquillas y sus sorpresas. En definitiva, simplemente porque lo merece, lo necesito y me apetece. Para mi hermano porque es peculiar y especial a su manera pero yo lo quiero. Para mi suegra porque me mima, me quiere y me cocina bizcocho y gazpacho… Esta es una realidad que ni puedo ni quiero negar. No obstante, parece ser que doy a la par que exijo. Y quizás éste sea el problema, tal vez esto no es justo. Tal vez sea hora de asimilar que el mundo no está hecho a mi imagen y semejanza. Que la gente expresa a su manera y yo a la mía. O simplemente que no expresa. O tal vez que no siente, o siente distinto. Que sus necesidades nada tienen que ver con las mías…

Pero lo reconozco, me cuesta. Me cuesta mucho. Me hace daño. Me duele. Y el que me conoce pensará: ¿cómo alguien con tantísimo temperamento y carácter puede ser a la vez tan sumamente vulnerable?. No tengo la respuesta, ni me importa, o sí, claro que me importa porque a mi, cuando me falta cariño, es como si me faltara el aire…

Soy una persona cargada de miedos e inseguridades. Esta carga me duele más de lo que nadie imagina. A veces siento que me quedo sin fuerzas para hacer frente a todos ellos. Dicen que para ser un adulto independiente y seguro antes has de haber sido un bebé dependiente, apegado, sostenido y mimado. Y yo me pregunto, ¿es posible que la ración de afecto que se me asignó en mi infancia fuera insuficiente simplemente por el hecho de ser yo?

Cuando yo quiero, quiero de verdad. Estoy con Mario Benedetti, “yo siempre quiero más que el mundo”. Adoro a mi madre, siempre la admiré, soy su fan incondicional. Es una madre extremada y generosa. Implicada en el bienestar y educación de sus hijos. Por no hablar de esa belleza juvenil y fresca con la que se alió desde que yo tengo uso de razón. Me encanta presumir de madre ante el mundo, y la verdad, el simple hecho de ser ella me facilita la tarea infinitamente. Pero hoy estoy muy frustrada, mucho. Siento que no me quedan recursos, modos ni maneras para hacerle entender que quiero, no, no quiero, necesito que en su afán por ser una madre excepcional incluya la tarea de ser capaz de inventar nuevas palabras para decirme en todas ellas que me quiere como a nadie. Porque intento hacerme la fuerte, pero no se puede ser fuerte con alguien que es tu debilidad. No creo que sea necesario esperar a un bajón emocional, a una tragedia sobrevenida. NO. Porque yo siempre la quiero, hasta cuando finge no quererme, hasta cuando no se deja querer. Porque para mi el “te quiero” no dicho no está implícito. Eso no es excusa. El cariño se expresa, no se deduce.

Necesito que me quieran todos los segundos de cada minuto y hora que compone el día. Desde luego, no seré yo la que se quede con la pena de no haber dicho a las personas que me importan “te quiero” lo suficiente. Porque nunca sabré cuando será la última vez que lo pueda hacer. Y sobre todo, con la convicción de que todos mis «te quieros», por frecuentes e incalculables que sean, salen de mi corazón, no de mi boca. Porque soy honesta si te digo que soy tu destino ideal.

Sí, tu destino si en tu mundo falta cariño porque yo me comprometo a compartir contigo todo el que haya en el mío.

No me vale un te quiero que valga para siempre. No quiero un te quiero sin fecha de caducidad.

Quiero como mínimo uno diario, uno que conforme expire se renueve. No quiero esperar al 14 de febrero. No quiero querer y prohibir demostrarlo. No quiero un ensayo, no quiero un poema elaborado, no quiero una carta emotiva. Sólo un te quiero frecuente.

¿Que pido mucho?. Pues lo pido, no me importa. Quiero un “te quiero”, que no es tanto, sino muchísimo. Que no son dos palabras, sino lanzarte al vacio sin saber si habrá alguien para recogerte o te darás de bruces contra el suelo.

Pues eso, que tú te mantengas inquebrantable, impenetrable. Vive fiel a esa coraza, o quizás no lo sea, tal vez se trate de actitud, de personalidad. Pero déjame a mi que te mime sin juzgarme.

Déjame que te abrace, que te bese y que te achuche. Me conformo con que tú quieras que yo te quiera. Del cómo y cuánto me encargo yo… Porque YO TE QUIERO (y esta promoción será válida hasta agotar mi existencia).

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