Hace apenas siete meses desde que aterrizara aquí, por aquel entonces, para mí no se me habría ocurrido una tierra más hostil. Situada en la costa norte de África (nada menos) y delimitando al oeste con Marruecos. ¡Qué caprichoso el destino, está bien cambiar tu vida por trabajo pero que tengas que cambiar de continente…! Estas cosas sólo me pasan a mí, pensaba. ¿Que tengo que coger un helicóptero para poder llegar allí a lo Anastasia Steele pero sin Christian Grey que me acompañe ni me pague el billete? O bien también tengo la opción de encajar mi horario en la facultad con el ferry a Algeciras para luego coger el coche hasta el aeropuerto de Málaga y desde allí buscar un avión con destino a Madrid donde dejaba a mi Guapito y a la niña de mis ojos (como ven, todo muy sencillo).

Por otro lado, nadie me lo contó. Nadie me advirtió de que tal vez no encontrara alojamiento, que encontrar un lugar decente donde vivir en Ceuta es casi tan difícil como que te toque la lotería. No obstante, ahí, tras 48 horas de intensa e incesante búsqueda, por fin lo encontré. ¿El qué? Llamémoslo mi rincón, mi trastero o mejor dicho mi loft (aprovechemos que suena más cool y que yo soy de inglés) Pero no nos engañemos, no dejan de ser 30 m2 a 800 euros al mes. ¿Dónde estaría la cámara oculta porque en algún momento iba a aparecer? Pero esperen, que aún no he terminado: una chica de pueblo como yo que siempre anheló el asfalto y las grandes ciudades, una chica muy urbanita a la que el paisaje que más le gusta es el de cualquier escaparate…Pues bien, explícale tú ahora que Ceuta tiene 85000 habitantes y una extensión de 18 km cuadrados (que encima si tienes mala suerte, o mejor dicho, si vives allí, la mayor parte de los días puedes aprovechar el viento de levante para coger carrerilla y recorrerla en un “plis”). Y por si todo esto no pareciera un conjuro maléfico contra mí, olvídate de Shein y de Amazon porque a Ceuta no llegan. Ya sí que sí, alguien estaba a punto de aparecer con un ramo de flores y con esa cámara al ritmo de inocente, inocente. Pero eso nunca sucedió. Sin embargo…

Pronto me di cuenta de que volvía a una tierra que sentiría como mi hogar. Que de nuevo mi acento se camuflaría entre el de cualquier ceutí o andaluz que habita en Ceuta, ese acento capaz de burlarse de la gramática para que la frase sea más expresiva. Que aquí conviven musulmanes y cristianos y que a las mujeres, con toda la naturalidad y el respeto del mundo se les mira a los ojos en lugar de al hiyab. Que los helados riquísimos de La Golosa no existen en ninguna otra parte del mundo. Que la gente cuando se cruza contigo por la calle te saluda, aunque no te conozca. ¡Que los ceutíes son cariñosos, son simpáticos, son serviciales, son amables, tienen arte, abrazan y besan como yo…!  Y es que, yo no elegí nacer en Andalucía, pero tuve esa suerte y que después de tantos años pudiera regresar a lo más parecido a ella me ha hecho reconciliarme con el destino. Y levantarme por las mañanas y poder avistar el mar, ponerme mis cascos y aun recién despierta empezar a soñar. Tal vez crean que esto aún no compensa, pero tan sólo acabo de empezar…

Ha sido aquí, en la Facultad de Educación de Ceuta donde he vuelto a ser feliz. He recuperado mi pasión por la docencia, he disfrutado con mis clases y he aprendido de cada uno de mis alumnos. He organizado, he creado, he investigado, y sobre todo, lo que más me gusta: he soñado en grande. Recuerden que para Walt Disney todo empezó con un simple ratón. Porque cada vez soy más consciente de que yo no he nacido para vivir en la letargia del aburrimiento sino en las convulsiones de la inquietud. Y es que parece que este año gracias a esta desubicada ciudad, mi docencia y mi alumnado, yo me haya convertido en pura ilusión, esa que te hace levantarte con ganas de triunfar cada lunes.

Pero es que Ceuta no habría sido lo mismo sin ellos. Sin todo mi alumnado. Me cuesta encontrar las palabras adecuadas para expresar lo que he vivido y, sobre todo, lo que he sentido junto a ellos. He crecido no sólo como docente sino que quiero pensar que a su lado y gracias a ellos también como persona y he recuperado y reafirmado mi pasión por la enseñanza.

A lo largo de este tiempo, he disfrutado de cada clase, cada discusión (incluidas las del Energy para desayunar), cada debate y cada momento compartido. Hemos construido juntos un espacio de aprendizaje y crecimiento, y cada uno de esos momentos permanecerá en mi memoria con mucho cariño. Me siento una privilegiada porque el destino los pusiera en mi camino, por haber tenido la oportunidad de conocerlos (no sólo académicamente sino también personalmente) y haber sido parte de su formación. Quiero pensar que el sentimiento es recíproco y me encantaría imaginar que, estos futuros extraordinarios maestros algún día, en sus clases sacarán un pedacito de mí, de mis enseñanzas, de mis metodologías, de mis valores, de mi cariño, de mi sentido del humor o incluso de mi sensibilidad, esa con la que a veces he tratado de hablar directamente a sus corazones (espero que hayan sabido sentirlo). Me tranquiliza también pensar que han sido capaces de aprender porque yo he entendido que, si ellos no aprendían de la manera que yo les enseñaba, tal vez tenía que cambiar el guion para enseñarles de la manera que ellos aprendían.

Me encantaría formar parte de la lista de profesores a los que estos alumnos recuerden con aprecio por sus enseñanzas y por hacer bien su trabajo, pero con gratitud porque fueron capaces de tocar un poquito de su corazón. Un profesor trabaja para la eternidad, nadie puede decir dónde acabará su influencia y ojalá mi huella reaparezca en forma de salvavidas, sonrisa, recuerdo o anécdota entrañable en algún momento a lo largo de la vida de estos chicos.

Ahora sí, no sé qué me depara el destino, lo que tengo claro es que yo podré irme de Ceuta, pero Ceuta nunca se irá de mí.

GRACIAS CEUTA Y GRACIAS A TODOS Y CADA UNO DE MIS ALUMNOS.

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