¿Quién no ha oído en reiteradas ocasiones la expresión “madre no hay más que una” o “como te quiere una madre nunca nadie más en el mundo te querrá”?. Sí, estamos de acuerdo. No sé lo que se siente al ser madre, pero es cierto que cuando estas afirmaciones han sido acuñadas por nuestra sociedad (incluyendo a psicólogos, expertos e incluso a las propias protagonistas) algo de verdad han de tener. No obstante, yo me pregunto: ¿qué pasa con la figura del padre?, ¿acaso ellos no quieren a sus hijos de forma incondicional?, ¿dónde queda relegado su papel?. No sé vosotros, pero desde luego yo, una vez más, puedo enorgullecerme y alardear ante el mundo de tener el mejor padre de éste. Es verdad que no me gusta cuando mi madre me dice: “hija mía, eres igualita a tu padre, dos gotitas de agua…” porque no vamos a negar que tiene millones de defectos (sin duda como cualquier ser humano), pero, ¿qué hay de la infinidad de virtudes que constituyen su personalidad?, ¿acaso esas las voy a obviar?. Ni hablar. Soy pesimista, rencorosa, cabezota, maniática… (todo ello heredado de mi padre), pero en su legado también me deja el tesón, la constancia, el espíritu de sacrificio, la fuerza de voluntad…Bueno y esas manos que tanto me gustan, compensando así mi descontento por la herencia de la otra extremidad, las piernas…

De semblante serio, siempre en su sitio, abstemio como su hija, escaso sentido del humor, “cachondo” con los suyos y aparentemente “seco e insociable” con el resto. ..Esa es su apariencia, que no su esencia. Hay que conocerlo…
Aún recuerdo esa impaciencia mía esperando a que mi padre volviera del trabajo. Esas ganas de engancharme en su cuello para decirle lo “enamorada que estaba de él” y para desplegar todo el “arsenal” de besos que le guardaba. Y la realidad es que siempre me compensaba de la misma forma. Mi padre siempre fue y es un padre cariñoso. A veces incluso creo que no es consciente de que yo soy y seguiré siendo su “rata, su reina”, pero que ya no soy su niña pequeña.
No voy a negar que durante mi adolescencia nuestra relación “hizo aguas”, pero tampoco voy a negar que con tan sólo 15 primaveras conocí al que años más tarde se convertiría en mi marido. Y claro, demasiado pronto para que un desconocido con pinta de malote, algo mayor y fama de “bandolero” (nada más lejos de la realidad) comparta el corazón de tu niña. Ahora lo veo, 15 años no son suficientes, demasiado joven para que tu padre lo asuma con deportividad.
Esa etapa pasó, al igual que la de las tardes de castigo por las peleas y riñas constantes con mi hermano. Como sanción, nada de calle y a estudiar “los 10 mandamientos” (detalle que incluso a día de hoy no llego a comprender, pues no es mi padre una persona extremadamente creyente que digamos…).
Siempre fue un currante. Trabajó de sol a sol para darnos a mi hermano y a mí todo lo mejor. Nunca nos faltó de nada. Pero su labor no se limitó a eso, a lo material, fue mucho más allá… Mi padre siempre ejerció como tal en el más amplio sentido de la palabra. Cualquier hombre puede tener el título de padre, pero sólo algunos toman su posición con orgullo y dedicación, y eso concretamente es lo que hizo el mío.

Como cualquier persona, he vivido momentos mejores y peores en mi vida, y él siempre estuvo a mi lado (aunque en determinadas circunstancias tuviera que hacer un sobreesfuerzo para entender las decisiones de su hija).
Durante mi infancia nunca dejó sola a mi madre cuando había que llevarme a urgencias, ni se “escaqueó” o delegó responsabilidad a la hora de ir a ponerme la inyección para paliar el dolor de aquellas horrorosas fiebres reumáticas. Nos contaba una y otra vez a mi hermano y a mí esa historia de “la casa del lobo” que tanto nos gustaba, me llevaba en sus viajes de negocios, disfrutando y presumiendo de hija y me compraba tantas natillas y chocolatinas como la “galga” que yo soy era capaz de comerse. Pero tampoco siendo adulta se retiró ni abandonó lo más mínimo su papel. Vivió con orgullo y satisfacción todos y cada uno de mis logros. Me apoyó y respaldó en los fracasos (que también los hubo). Una vez inmersa en el mundo laboral, me hizo todas y cada una de mis mudanzas (que desde luego ya van unas cuantas), me acompañó junto con mi madre a cada examen de oposición para intentar tranquilizarme con todo su cariño y transmitirme siempre su plena confianza en mí y en mis posibilidades (aquí aún estoy en deuda con él…).Se levantó de madrugada para no dejarme viajar sola a cada nuevo destino que me adjudican año tras año, me esperaba en el coche, agotado, pero aún así listo para empezar con la “búsqueda de piso” y poder marcharse con la tranquilidad de dejarme instalada. Todo esto no lo hace cualquier padre, y menos teniendo en cuenta que ya no soy una cría y que debería hacer frente a todo esto yo solita. Es por ello que estoy tan agradecida y que nuestra relación es tan estrecha.
Pero ahora estoy en una etapa de plena incertidumbre emocional, “prueba de fuego” para afianzar aún más nuestra relación si cabe. No voy a mentir, me preocupa mucho que llegado el momento, mi padre no sepa apoyarme y asumir ciertos cambios en mi vida. No obstante, una parte de mí está segura que como un “padrazo” que considero que es, sabrá estar a la altura de las circunstancias y será feliz con aquello que haga feliz a la “niña de sus ojos”.
No creo que te dé un nieto, pero no te quepa duda que si así fuera, te has ganado a pulso eso que tanta ilusión te haría, que llevara tu nombre.
Gracias “cabezón” por haberme entregado todo y por haber puesto tu vida y tu tiempo a mi disposición.
TE QUIERO.
![]()
