Hay dolores que no hacen ruido,
pero se quedan a vivir en el pecho.
Uno de ellos, el más injusto, el más silencioso, es ese que sienten los padres que
aman, pero a los que no se les deja ser.

Lo estoy viendo en mi casa,
en el hombre que amo,
en el hermano que me vio crecer.

Dos padres distintos.
Dos hombres buenos.
Dos vidas que se rompen un poco cada vez que les roban el derecho de ejercer el
amor.

Todo parecía encajar: una pareja feliz, un proyecto en común, un hijo deseado.
Pero tras el nacimiento, lo que debía unir empezó a separar.
Ella quiso serlo todo (madre, padre, refugio, universo) y, en ese afán de ocupar
todos los espacios, dejó fuera a quien también tenía derecho a estar.
El bebé se convirtió en territorio exclusivo.
Él intentó compartir, pero sólo podía mirar desde la orilla.
Y cuando entendió que seguir era quemarse, decidió alejarse… y entonces
comenzó la verdadera guerra:
la de llevárselo lejos, a otra ciudad, sin su consentimiento.
La de decidir sola cuándo, cómo y cuántas horas exactas puede un padre ver a su
hijo.
Una guerra sin armas, pero con silencios, imposiciones y relojes marcando el
amor con cuentagotas; Y en medio, un niño.

Porque hay quienes, por despecho o por miedo, convierten a los hijos en
trincheras.
Y eso duele más que cualquier sentencia.

El padre se convierte en sombra, en visitante a ratos, en “tú paga, pero no opines”.
Y la pensión alimenticia, lejos de destinarse al hijo, se transforma en una especie
de castigo económico (como si la maternidad, voluntaria y elegida, implicara una
incapacidad vital que hay que financiar).

Pero la figura de la madre NO basta. No cuando se margina a quien quiere cuidar.
No cuando se ignora que los niños no crecen sólo con un pecho que alimenta,
sino también con unos brazos que acunan, una voz que acompaña y un amor
capaz de levantar su mundo.
He visto a padres vaciarse. A hombres rotos por dentro, que ensayan sonrisas
ante sus hijos mientras sangran sin hacer ruido.
He visto a mi pareja y a mi hermano preguntarse por qué querer no es suficiente.
Por qué ser hombre, en estos casos, es casi una condena.

Y me duele. Me duele porque esto también es desigualdad.
Porque no hay nada más violento que robarle a un niño la mitad de su mundo. Y
nada más cruel que usar ese mismo niño para hacer daño a quien un día fue
compañero. Cuando ser padre no basta, cuando el amor se fiscaliza, cuando la
justicia ignora, es el mundo entero el que se tambalea.

Lo he visto con mis propios ojos. He presenciado declaraciones construidas desde
la rabia, desde la herida narcisista del desamor no asumido. Acusaciones sin
pruebas, mentiras tan absurdas como hirientes, que buscan únicamente destruir
lo poco que queda en pie. Y me cuesta creer que alguien pueda llegar tan lejos.
Que existan personas capaces de mentir en un juzgado sin pestañear, de ensuciar
el nombre del padre de su hijo con tal de ganar poder. ¿Dónde quedó la gratitud
por quien compartió contigo la ilusión de un hijo? ¿Dónde, la dignidad de no
arrasar con todo sólo porque no te quisieron eternamente?

Y es hora de decirlo, aunque escueza: No todas las madres protegen. No todas las
custodias son justas. No todo lo que se hace “por el niño” le hace bien.

Niños que aprenderán que papá fue sólo un domingo sí, un domingo no. Eso,
también es violencia.

Quizá todo comenzó mucho antes. Quizá las señales ya estaban ahí: esa
necesidad de control, esa forma de mirar a todo el mundo como si supieran algo
que ella no.
Siempre fue una persona reservada, excesivamente cerrada, con dificultades para
compartir, para confiar, para abrirse al mundo. Sin amigos, sin contacto con
familia, sin hobbies, sin aficiones, sin metas…
Una mujer que parecía sentirse amenazada por cualquier presencia externa,
incluso por el amor que su pareja podía dedicar a otros. Y eso, en silencio, ya era
una alerta.
Porque cuando alguien sólo sabe construirse desde la posesión y no desde el
vínculo, el amor no se convierte en hogar, sino en territorio conquistado. Y nadie
más tiene permiso para entrar.

Porque, aunque no se diga, aunque duela asumirlo, la figura del padre sigue
estando infravalorada, prescindible para muchos sistemas que aún operan desde
la sospecha. Porque si una mujer llora ante un juez, se presupone verdad; si lo
hace un hombre, se cuestiona su motivo. Porque la palabra de una madre,
aunque esté llena de falacias, aún pesa más que la presencia constante de un
padre que lo ha dado todo. Y eso también es una forma de violencia. Una
violencia sin nombre, que no deja moratones, pero sí cicatrices donde no se ven.

Porque el tiempo no siempre es justo, pero sí es sabio.
Y algún día (porque ese día siempre llega), su hijo preguntará.
Querrá saber por qué su padre era solo un rato, por qué los abrazos venían con
horario, por qué le faltaba siempre una mitad.
Y entonces, ella tendrá que mirarle a los ojos
y encontrar las palabras que justifiquen la mentira.
Tendrá que explicar cómo luchó, no por él, sino contra él.
Cómo inventó, manipuló y decidió en soledad lo que debió ser compartido.
Y en ese momento, no habrá juez, ni calendario, ni custodia que la ampare.
Solo quedará la verdad.
Y esa, cuando llega, no perdona.

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