Hay temas que me hacen mirar hacia dentro y preguntarme si el rumbo que llevamos como sociedad no se está torciendo peligrosamente. Uno de ellos es la igualdad. Sí, esa palabra que tanto he defendido, que sigo defendiendo… pero que también me duele cuando la veo mal entendida, mal usada o, peor aún, manipulada.
Vivimos en un tiempo en el que hablar de igualdad parece sinónimo de repetir discursos aprendidos, de aplaudir ciertas consignas sin cuestionarlas, de mantener una posición por miedo a que nos tachen de algo. Pero la igualdad, la de verdad, la que me importa, no debería tener miedo a mirar de frente todas las realidades. Tampoco a decir lo que nadie se atreve a decir.
Porque sí, hoy me duele ver cómo muchos hombres están desprotegidos. Y no hablo de una defensa genérica del “pobrecito hombre”, no. Hablo de padres, de hombres buenos, implicados, cuidadosos, sensibles, que han querido estar presentes en la vida de sus hijos, que han querido compartir la crianza, la educación, el día a día. Y que, sin embargo, se han visto arrinconados, apartados por decisiones judiciales que, más que buscar el bienestar de los menores, parecen seguir un patrón automático: los niños con la madre, el padre paga.
Y aquí viene la contradicción más hiriente: hay madres que no quieren otorgar la custodia compartida al padre, que ponen trabas constantes para que éste pueda ver a sus hijos, que dificultan, manipulan o tensan cualquier acuerdo. Pero, eso sí, a final de mes la mano está extendida, puntual, exigiendo la pensión “por el bien del niño”. ¿Qué bien es ese cuando al niño se le aleja de su padre? ¿Qué coherencia tiene reclamar un dinero para mantener a un hijo al que se le niega sistemáticamente el derecho a compartir tiempo y afecto con ambos progenitores?
Y todavía más: en muchos de estos casos (sí, lo diré, aunque moleste) también se exige un dinero extra para “mantener” a la madre. Como si ser madre justificara eternamente una dependencia económica. Como si el vínculo que ya no existe entre los adultos debiera seguir traduciéndose en una obligación financiera perpetua.
¿Y sabéis qué es lo más triste? Que algunas de estas madres, muchas veces jóvenes, planearon vivir del padre de su hijo para siempre. Sin madrugar, sin pasar frío, sin tener que buscarse un trabajo. El plan era claro: él provee, ella se queda. Pero el plan no ha salido bien. Y ahora, lejos de cambiar de rumbo, quieren mantenerlo a toda costa… eso sí, apartando al padre del hijo y exigiendo su parte mensual, sin dar nada a cambio más que obstáculos.
Muchas de estas mujeres, sin estudios o con escasa formación, no eligieron mal pareja: eligieron bien a quien pudiera garantizarles un nivel de vida cómodo, incluso sin su presencia. Hombres que ahora sólo pueden ver a sus hijos con cuentagotas, mientras pagan religiosamente una cuota que sostiene un modelo que ya no tiene base ni sentido.
¿Dónde queda la dignidad? ¿Dónde el deseo de avanzar, de reinventarse, de ser autosuficientes? ¿En qué momento dejamos de educar en responsabilidad y empezamos a justificar la comodidad a costa del otro? Usar a un hijo como nexo económico no es ser madre: es ser injusta.
Y no, no lo voy a callar, porque si no lo decimos, seguiremos alimentando una mentira muy bien disfrazada de “justicia social”.
Y si hablamos de injusticias, no puedo dejar fuera algo que me parece gravísimo: la frivolización de la violencia de género. Se ha logrado algo necesario e irrenunciable (poner el foco en la protección de la mujer), pero se está corriendo el riesgo de convertir una causa noble en una herramienta peligrosa. Hoy basta con una denuncia sin pruebas para que un hombre acabe en un calabozo durante 24 horas. Sin testigos, sin contrastar, sin presunción de inocencia. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
¿Y qué ocurre cuando se demuestra que ese hombre no ha hecho nada? ¿Quién repara su daño? ¿Quién limpia su nombre? ¿Quién le devuelve las horas de angustia, la imagen manchada, el miedo, la vergüenza? ¿Por qué no se penaliza a quien miente? ¿Por qué no se exige que, si se demuestra que la denuncia fue falsa, sea la mujer la que pase 24 horas en el calabozo? Tal vez si empezáramos a aplicar el mismo rasero, nos ahorraríamos muchas denuncias falsas. Y, lo que es más importante, dejaríamos de desvirtuar una lucha que debe mantenerse limpia para ser creíble.
Yo no quiero un feminismo que calla ante estos abusos. No quiero una igualdad que reparte castigos según el sexo. Quiero una justicia valiente, coherente, sensata. Que proteja sin privilegios, que no excluya, que no tenga miedo de señalar también a las mujeres que hacen daño. Porque las hay, y porque también hacen tambalear todo por lo que muchas lucharon.
Hoy escribo con el corazón removido. Porque cuando la igualdad se tuerce, lo que queda es dolor. Y porque no quiero ser cómplice de un sistema que dice luchar por la justicia mientras deja fuera a tantos hombres que sólo quieren ejercer su paternidad con dignidad.
Y hay algo más que necesito decir, casi como desahogo:
Este feminismo moderno, convertido en una especie de lobby ideológico, no me representa, no me identifica, no me interpela. Porque, francamente, soy muy consciente de que yo no fui quien luchó por los derechos que hoy tenemos las mujeres. No estuve allí porque por edad me fue imposible. Pero los valoro. Los agradezco. Y los honro.
Admiro profundamente a aquellas mujeres que pelearon de verdad por la igualdad, desde el coraje, desde la dignidad, desde la justicia. Aquel fue un feminismo real, coherente, necesario. Un feminismo que no buscaba privilegios, sino equilibrio. Que no alimentaba odios, sino entendimiento.
Lo que hoy vemos en muchos casos no es eso. Es un feminismo torcido, basado en el abuso, en el ventajismo y en una desigualdad que ahora recae sobre el hombre. Y eso no es igualdad, eso no es justicia. Y, desde luego, eso no es el legado que quiero dejarle a mi niña.
Yo quiero un feminismo que una, no que enfrente. Un feminismo que construya, no que destruya. Y si para defenderlo hay que nadar a contracorriente, lo haré. Estoy entrenada: puedo cruzar el Estrecho a mariposa, sobrevivir a una tormenta de titulares o incluso hacer largos olímpicos entre discursos huecos. Porque lo justo, aunque duela, siempre merece ser dicho.
Que no se nos olvide: igualdad no es revancha. Igualdad es respeto. Igualdad es verdad.
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