Que el sistema educativo español es un fracaso no es nada nuevo. Que siempre encabezamos los peores resultados académicos según los informes PISA, tampoco. Ahora bien, permítanme una reflexión:
Nunca fui al médico a darle indicaciones de aquello que tenía que prescribirme para mis dolencias. Tampoco sugerí al mecánico cómo debía reparar la avería del motor de mi coche. Cuando voy a un restaurante, no se me ocurre entrar en la cocina para dar instrucciones al chef de cómo preparar los menús…
¿Han oído eso de: “zapatero a tus zapatos”?. Pues eso digo yo. Siempre pensé que me hacía mucho más “sabia” el hecho de saber qué es lo que debía ignorar. No obstante, hay demasiada gente que discrepa conmigo y, en esta línea, al parecer cualquiera tiene licencia para opinar sobre la labor docente.
Me llama la atención la “polémica” que ha suscitado el tema de los deberes que los profesores mandamos a los alumn@s. Casi todo el mundo, y normalmente sin conocimiento de causa, se ha aventurado a dar su opinión al respecto. Sin embargo, desde mi punto de vista, no cabe considerar semejante cuestión como polémica: los deberes escolares son incuestionables, imprescidibles, deben formar parte de la escuela como los libros, las clases y el recreo.
Aún recuerdo cómo yo planificaba con esmero mi agenda y distribuía mi tiempo cuando era estudiante para poder realizar y “llevar al día” todas las tareas que me mandaban mis profesor@s. Y sinceramente, no voy a negar que había días y épocas de bastante estrés, pero el reto era ser capaz de compaginar tus obligaciones con tu tiempo de ocio. Tuve una infancia y una adolescencia plenamente feliz. Me motivaba el hecho de comprobar que yo era capaz, que podía sacar buenas notas a la vez que disfrutaba de mis amigos, a la vez que mejoraba en el “volley” y a la vez que pasaba tiempo con mi familia.
Tengo la convicción de que los deberes ayudan a crear un hábito de trabajo, de orden y superación. Combinan disciplina y esfuerzo a la vez que refuerzan las capacidades de razonamiento y memoria.
¿Se imaginan aprender a tocar un instrumento sólo con lo que se pueda hacer en las horas de clase sin practicar posteriormente una y otra vez durante horas? ¿O se imaginan ser capaz de mantener una conversación fluida en inglés sólo con lo la asistencia a clase? ¿Por qué las respuestas a estas preguntas quedan al margen de toda duda y sin embargo para el caso del aprendizaje escolar se cuestiona la necesidad del trabajo personal fuera del aula?. Yo no tengo duda: “El genio se hace con un 1% de talento y un 99% de trabajo”.
Ante la argumentación de algunos padres de que los deberes quitan tiempo a los niñ@s para realizar otras actividades, yo les diría que han de tener en cuenta que la escuela cubre una faceta curricular pero que los deberes constituyen el lazo que tendría que existir entre escuela y casa para que los alumn@s entiendan que el proceso de aprendizaje va mucho más allá del simple acto académico.

Permítanme una sugerencia, un consejo. Tal vez su queja no está bien fundamentada y sin duda, el destinatario es erróneo. Los docentes somos una víctima más de la mala gestión de este sistema. Lo que ustedes ven es: un empleo fijo de 8 a 15 h, un buen sueldo, vacaciones de Navidad, Semana Santa, Semana Blanca, verano y más de un puente entre medias.
Lo que nadie ve: enseñar en tiempos actuales se convierte en una tarea cada vez más ardua y complicada. El profesor asume la responsabilidad de la formación de sus alumn@s pero a la vez tiene que hacer frente a la atención a la diversidad en las aulas con recursos muy precarios, reducidos y en ocasiones incluso inexistentes.
Atrás quedan esas aulas en las que el mayor problema era un estudiante “revoltoso”. Hoy en día, además de ese alumn@ disruptivo, el profesor ha de ser capaz de coordinar a un grupo de 33 alumn@s de media, cursando aproximadamente 11 asignaturas. Además, entre estos estudiantes, con frecuencia se incluyen niños procedentes de otras culturas (que a menudo desconocen el idioma por completo), alumnos con necesidades educativas especiales (NEE), menores con alguna discapacidad, sobredotación o con riesgo de exclusión social…
Otros que no tienen ningún interés en estudiar pero que han ido aprobando por “imperativo legal” hasta llegar al instituto y que interrumpen y dificultan el buen funcionamiento de la clase constantemente.
Ante este panorama, les aseguro que nuestra labor se convierte en un “cubo de rubik” en el que es dificilísimo encajar todo de manera satisfactoria.
Desgraciadamente, no nos encontramos ante un colectivo homogéneo en absoluto. La realidad actual es muy diferente de la que ustedes vivieron y recuerdan. Si a todos estos inconvenientes le añadimos los nuevos retos que la enseñanza nos plantea (como el dominio de las nuevas tecnologías coordinando una clase a través del ordenador, la adaptación a los programas de bilingüismo…) ¿cambia un poquito ahora su opinión?, ¿logran empatizar conmigo?.
¿Creen que con todo lo que les he expuesto es posible que el docente cubra todas las necesidades de todos y cada uno de sus alumn@s en 55 min de clase y sin necesidad de mandarles deberes para casa?. Lo siento, admito que no sé hacer magia. Sólo tengo un plan alternativo que consiste en intentar hacer las cosas lo mejor que sé dentro de un contexto muy complicado. Me encantaría que se replantearan su queja, o lo que es mejor, que la redirigieran a un destinatario distinto. Sin duda, saber ser profesional aún con todos estos “hándicaps” es una forma extraordianaria de dignificar nuestro trabajo.
Bueno, déjenme concluir de forma breve y clara plasmando literalmente una carta que un colectivo de docentes dirigía a los padres de sus alumn@s y que yo suscribo de principio a fin:
Queridos padres:
Ante su reiterada solicitud de no enviar tareas para casa porque es “responsabilidad” nuestra como profesor@s enseñar las materias y no de ustedes, yo les pediría que no manden más a la escuela a niños maleducados, irrespetuosos , sin asearse, prepotentes y sin ganas de trabajar porque esa es sus “responsabilidad” y no es acertado delegar en nosotr@s.
Atentamente:
El profesorado de sus hijos.
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