Los que ya me conocéis un poquito sabéis de sobra cuáles son mis aficiones y hobbies principales. Y no, quizás os sorprenda, pues soy consciente de que estos serían los más habituales, pero ni la lectura ni el cine encabezan mi lista. Yo me pregunto cuánto más fácil sería relajarse cómodamente en el sofá de casa inmersa en cualquiera de los “bestsellers” que tantas veces me han recomendado, en lugar de “invertir” una y otra vez en la barra de pole hasta la extenuación, amoratada y casi sin aliento. O lo sencillo que sería sentarse frente a la gran pantalla, como la mayoría de los mortales, disfrutando de un imponente por ejemplo Brad Pitt, palomitas y refresco XXL en mano. Pues tampoco eso me vale. La adrenalina que se desprende sobre el caballo, con el viento de frente y encarando un obstáculo inclina de nuevo mi balanza.

Es por esto, que el hecho de que a mí una película consiga impactarme o impresionarme cobra un valor añadido. Ya lo he dicho, no soy cinéfila, ni experta en el séptimo arte, ni mucho menos, me entretengo con “cualquier cosa”. Esta es la razón por la que normalmente me aseguro de que el estreno al que decida ir, por lo menos consiga evadirme de mi rutina diaria.
Pues bien, hace dos semanas aproximadamente “La chica Danesa” fue mi elección, película dirigida por Tom Hooper y protagonizada por unos sublimes Eddie Redmayne y Alicia Vikander.
Se trata de un drama basado en la verdadera historia de una pareja de artistas daneses, Einar y Gerda Wegener, quienes disfrutan de su éxito. Un día ella tiene la idea de que su marido pose vestido de mujer para su próxima pintura pues la modelo habitual le ha fallado.
Esto les divierte a ambos y continúan probando con ello, hasta que deja de ser un juego.
Lo que comenzó como una situación divertida y anecdótica para Einar, acabó convirtiéndose en una durísima lucha para hacer justicia a su “yo” interior luchando contra numerosas y duras adversidades.
Definitivamente, la elección del sexo de una persona NO es una opción. La naturaleza se impone a cualquier elección personal. No podemos seguir viviendo en un mundo en el que según los genitales con los que hayas nacido, te asignen un rol, un estándar o un patrón de comportamiento. Considerar el derecho de decisión sobre el cuerpo como una patología es propio de sociedades que aún tienen un yugo asfixiante de autoritarismo.
Hasta hace pocos años (e incluso desgraciadamente aún hoy en día), ciertos sectores de nuestra sociedad consideran la transexualidad como una anomalía o como un trastorno de identidad de género y/o de salud mental, y este hecho hace que se discrimine a las personas transexuales.
La transexualidad se convierte en una trasgresión social, es un desafío a la idea de que sólo existen hombres o mujeres. Nacer hombre o mujer, implica sentirse como tales. Pero con la transexualidad esto cambia.
Esta historia ha despertado mi lado más humano, me ha hecho reflexionar detenidamente sobre este tema tan espinoso y llegar a la conclusión de que ante una situación de transexualidad quizás no sólo sea el cuerpo el que se equivoca, sino también la mirada de quien lo observa.
¿Por qué no intentamos solidarizarnos un poquito? Yo siempre lo he dicho: “Si antes de nacer uno pudiera elegir “a la carta” los rasgos físicos y de personalidad que lo definirán en su vida futura, el mundo estaría plagado de hombres y mujeres extremadamente guapos con mentes prodigiosas y creativas. Pues imagínense, ¿acaso una persona en su sano juicio escogería una forma de vida que implica tantas dificultades, prejuicios y discriminaciones?.
Me gustaría, sin duda, ensalzar la interpretación magistral de Alicia Vikander. Si intento ponerme en su piel, empatizar con ella, soy consciente de la durísima situación a la que tuvo que hacer frente. Esposa extremadamente generosa, cómplice y entregada por completo a su marido y a la felicidad de éste (independientemente de las consecuencias directas sobre ella).
Para mi, Alicia Vikander, es la verdadera protagonista. El “problema” que se presenta aquí es que tanto en la historia original como en la película, el papel de la esposa de Lili Elbe, anteriormente conocida como Einar Wegener, es muy importante. Ser la mujer de Lili Elbe supone dar una lección de tolerancia, fuerza y sentimiento en una época en la que esos valores (debido al desconocimiento del tema) escaseaban. Alicia Vikander me ha transmitido de una forma sobrenatural la primera lección de amor, esa en la que éste prevalece por encima de cualquier adversidad.
La película se podría sintetizar perfectamente en una frase: “Si no estás dispuesto a morir por ella, saca la palabra “libertad” de tu vocabulario”.
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