No siempre se nos ve.
A veces cruzamos la vida como si fuéramos solo la silueta que proyecta la luz, como si lo que somos pudiera comprenderse en un vistazo rápido o en una conversación ligera. Pero lo que late de verdad, lo que resuena y empuja desde dentro, no se exhibe tan fácilmente.

Me he pasado media vida caminando por fuera mientras me construía por dentro. Intentando ganar espacio en lugares donde nunca quise quedarme. Buscando respuestas a preguntas que no sabía formular. Y no entendí durante mucho tiempo que el único territorio que necesitaba habitar era el mío propio, el que duele y repara, el que respira aunque no lo escuches, el que inventa luz en plena noche.

A veces soy la mujer que sostiene un temblor en los dientes sin que nadie lo note. Otras veces, soy la que ríe como si todo fuera fácil. Soy los mensajes no enviados, los miedos descontrolados, las lágrimas secas en la almohada, la que se rompe por dentro y sigue hablando de pie.

Pero también soy la que reconstruyó pedazos de piel sin pedir permiso ni ayuda. La que aprendió a quedarse cuando todo invitaba a huir. La que sabe que el miedo no siempre destruye; a veces protege, a veces avisa, a veces empuja (¡pero como zarandea!…)

Hay historias que nunca contamos. No porque sean secretas, sino porque aún no sabemos cómo nombrarlas. Son como raíces profundas que siguen creciendo aunque nunca florezcan hacia afuera. Pero están vivas, y duelen, y pellizcan, y sostienen o incluso tambalean.

Yo las he sentido vibrar muy dentro de mi. Me han enseñado que no todo lo roto necesita arreglarse, que hay fragmentos que cuentan más que un todo perfecto. Que uno puede seguir adelante con la certeza de no estar completo, porque quizá la belleza está justo ahí: en lo no terminado, en lo que respira y se transforma y duele y sana…

No me interesa ser recuerdo vago en la vida de nadie. Prefiero ser silencio fuerte. Prefiero ser memoria que pesa, aunque sea de paso. Prefiero ser la palabra fuera de lugar, el temblor en el gesto, la mirada que no finge, la grieta que recuerda que sigo viva.

Porque ahí, justo ahí, bajo el polvo de los nombres ajenos, bajo los recuerdos difusos pero punzantes, bajo el miedo antiguo y la forma que no elegiste… arde lo que aún recuerda quién eres.

No lo mires como quien descubre un defecto. Míralo como quien reconoce su propia bandera.

Lo que guardas adentro no es un error.

Es tu origen.
Es tu mapa.
Es tu fuerza.

Y aunque a veces duela, aunque a veces estalle, aunque a veces no entiendas su forma… eso también eres tú.

Es momento de habitarte, es momento de quererte…