Fue a mediados de Septiembre, tras vivir el que sin lugar a dudas ha sido el reencuentro más entrañable, emotivo, improvisado (pero no por ello menos mágico) y sincero de mi vida cuando fui consciente de que “mi batalla diaria”, esa que da nombre a una de las secciones de este blog, tal vez no sea mi verdadera contienda. Porque hace un año que con esa mochila personal siempre rebosante de miedos e inseguridades decidí apostar una vez más por mi vida y mi felicidad. Y es que aún sigo buscándola. Pero entretanto, mientras espero con anhelo descubrir lo que extraño, ansío con fuerza ser lo que quiero: FELIZ.

Y sí, hasta entonces, mis “batallas diarias” se sucedían de lunes a viernes, cada mañana en todas aquellas aulas. Aulas que decidí cerrar con llave temporalmente porque vivir en una continua tormenta personal no es fácil ni justo para esos chavales que dependen y confían en ti cada día. Y si además, la tormenta se convierte en diluvio, lo más sensato es agarrar tu “salvavidas” con fuerza para protegerte a ti misma sin dejar de protegerlos a ellos. Tenía que dar la vuelta a la moneda por el lado de la cara y eso implicaba alejarme de lo que hasta entonces había constituido mi mundo.

Sin embargo, tan solo un año después de aquella decisión y tras ser protagonista y espectadora de la emoción y las lágrimas sinceras de la que un día fue mi alumna del alma (Irene Rubio), ahora soy consciente de que mi batalla diaria hoy es otra. Es esa en la que digo no querer ser madre pero sin embargo tengo demasiados niñ@s. Esa en la que me intento proteger de su sufrimiento a la vez que soy incapaz de no implicarme en el mismo. Esa cruzada en la que siento como el escudo que me he fabricado durante años se funde tras un simple whatsapp, audio, mensaje o llamada de cualquiera de ell@s.

La batalla de echarlos de menos cada día rindiéndote ante la inevitable victoria final de los kilómetros.

La batalla de necesitar esos abrazos y ese cariño con el que te acostabas cada noche y que ahora extrañas cada despertar.

La batalla para gestionar tanto afecto como eres capaz de dar y demandar porque eres plenamente consciente de que hoy no es posible.

La batalla para evitar rebobinar recuerdos que te llenan de melancolía pero que a la vez marcan claramente el ritmo necesario de tu sístole y diástole.

La batalla para impedir que los domingos te inunden de nostalgia cuando abres su carpeta, la de “MIS ALUMNOS” y revives aquel viaje de estudios inolvidable, las peticiones de mano improvisadas, las pizarras repletas de frases halagadoras y cariñosas para ti o los afectuosos y simpáticos videos domésticos que te enviaban.

Y en toda esta lucha he llegado a la firme conclusión de que si mi vida fuera un lienzo, sin lugar a dudas sería la imagen de un destino: VILLARES DEL SAZ. No obstante, el puzzle que hoy da forma al corazón de quien escribe también tiene piezas fundamentales procedentes de otros lugares: Irene Rubio, Irene Ávila, Beatriz Medina, Carmen Espada, Andrea López, Estela y Clara Lacort, Nacho Tomillo, Marcos Reillo, Juan Carlos Redondo, Beatriz Fáfila, Josefina Martínez, Saray Rodríguez, Miguel Ángel y Laura Marina, Mónica Moreno, Jorge Mengual, Sergio Sánchez, Rocío Rocha… No dudéis nunca que en todos y cada uno de vuestros abrazos me habría quedado a vivir. Porque esta friolera ya lleva unos cuantos inviernos manchegos a sus espaldas, casi tantos como días sin veros… Y realmente, creo que en unos y en otros paso exactamente el mismo frío. Pero ya lo sabéis, me compensa saber que estáis bien, que sois felices, que sonreís… porque vuestra sonrisa es muchas veces la razón de la mía. Y esta es mi batalla hoy: LA DE LLEVAROS EN MI CORAZÓN PORQUE DESGRACIADAMENTE, EN MI VIDA NO PUEDO.

OS QUIERO MUCHÍSIMO.

Isabel Llamas

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