Sigo durmiendo fatal, lamentablemente y muy a mi pesar, nunca he dejado de hacerlo. Pero ya no me importa tanto. Como ya dije en su día, he aprendido a pensar despierta en lo que otros sueñan dormidos. Me ahorro las pesadillas, y a veces, hasta me regalo una sonrisa en mitad de la madrugada.

Me pensé anoche. Como quien repasa un rastro en la arena y se pregunta si quedará algo cuando suba la marea. Pensé en lo invisible, en lo que no se dice, pero se siente. En esas huellas que no hacen ruido, pero tampoco desaparecen. Y entonces de nuevo fui consciente de lo importante que es para mi no pasar por esta vida de puntillas. No quiero ser recuerdo vago, ni frase suelta, ni nombre sin emoción…

Una vez más, despierta soñé que yo sería esa chica que cuando se fuera su historia no se apagaría en un suspiro, sino que se quedaría latiendo en quien la vivió cerca.

Y hoy, seis años después de aquella madrugada donde me puse en palabras, sé que

no era sólo la chica de mirada esquiva, era la que miraba así porque no todo se dice con los ojos, y porque algunas cosas se protegen mejor en el silencio.

No era la que bailaba sola sin más. Era la que bailaba porque, a veces, cuando todo se tambaleaba, sólo el ritmo la sostenía.

No era la que escribía de corazón sin más. Era la que, por escribir desde dentro, a veces conseguía erizar por fuera.

No era sólo la que quería a los suyos. Era (y sigue siendo), la que aprendió a querer de verdad a través de la distancia. La que lleva años separada por miles de kilómetros, pero sabe que no hacen falta abrazos diarios para saberse sostenida. La que, aunque la vida la llevó lejos, sigue teniendo el corazón atado al lugar donde están ellos.

Era también esa que peleó contra muchos “no es posible”, “ya llegarás” y “mejor otra cosa”, y llegó. A la universidad. A ser docente. A esa aula que soñó con tanto vértigo, con tanto esfuerzo, con tanto amor. Y que hoy pisa con respeto y con alma. Porque sabe lo que cuesta…

No era simplemente intensidad sin rumbo. Era fuego con abrazo. Era volcán y ternura. Era tormenta y temblor. Era la que alzaba la voz cuando algo dolía, pero se rompía por dentro cuando nadie oía.

Era la que se exigía tanto que, a veces, ni ella se daba tregua. La que planifica todo con colores, horarios, subrayadores y alertas, como si el orden por fuera pudiera calmar el desorden de dentro. A veces funciona. A veces no.

Fue madre sin manual, pero con alma. La que intentaba explicarle el mundo a su niña entre risas, los deberes con paciencia, el inglés con mucho afán… los bailes inventados, travesuras y códigos secretos. Entre pinos torcidos, gimnasia improvisada y besos desordenados. Y todo eso con mucho, mucho amor.

Fue amiga. De las de verdad. De las que estaban cuando todo se caía, pero también cuando todo brillaba. Porque tenía a Trini. Y tener a Trini era tener un refugio que te conocía entera y te quería así: sin filtros ni peros.

Fue compañera. Y tuvo a su Guapito. Que no era sólo quien compartía la vida, sino quien la sostenía. El que la miraba con esa admiración ciega y subjetiva para animarla a recordar quién era incluso en sus días más oscuros. El que le daba calma, ternura y guerra. Todo en el mismo abrazo.

Y no, no le costaba pedir ayuda. Lo hizo muchas veces. Porque entendía que la vida no se construye en soledad, sino en la fuerza compartida. Porque no rechazaba a nadie que viniera con bondad, ni hombres ni mujeres, y supo reconocer que los necesitaba a todos. Qué sería de la vida sin esos gestos nobles, sin la complicidad, sin el humor compartido, sin los abrazos que sostienen sin miedo. Porque no creía en un feminismo que divide, que señala culpables o que impone un discurso único. Creía en las personas, en la humanidad que se tiende la mano sin etiquetas. Y en los hombres buenos, más todavía.

Fue todas sus versiones: la que tropezaba, la que planificaba, la que dudaba, la que estallaba, la que soñaba y se exigía, la que se ilusionaba demasiado rápido y se decepcionaba igual de fuerte.

La que se conocía de memoria sus debilidades… y aun así las peleaba cada día en la barra de pole dance, entre logros, lesiones y frustraciones. Entre el “no me sale” y el “lo intento otra vez”. Porque allí, entre vueltas, sudor y moretones, también era ella.

La que nunca dejó de escuchar a Vanesa Martín, como si sus canciones le hubieran leído el diario. Porque, a veces, cuando no encontraba las palabras, las encontraba en su voz. Y cuando creía haber agotado una letra, ahí estaba otra vez, haciéndole de espejo y de herida abierta.

Y lo mejor de todo es que quiero seguir pensando que “no seré sin más” … Seré marea, aunque a veces bajita. Porque hasta lo que parece pequeño, deja sal en la piel y lo que se vive con verdad, no desaparece sin ruido. Y yo no lo haré…

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