Se va el verano. Con su sal en la piel, con las cervezas frĂ­as al atardecer, con las noches largas llenas de risas que no necesitan reloj.

Se va el verano y no puedo evitar despedirme de él con un poco de pena, como quien ve alejarse a un amor de esos que lo cambian todo. Este ha sido un verano bonito, de esos que te curan. Bonito por lo compartido, por los abrazos sin prisa, por los reencuentros que no sabías que necesitabas tanto. Por los amigos que están siempre y por los que llegaron para quedarse. Por los conciertos en los que bailamos hasta quedarnos sin voz, por las playas que nos devolvieron la calma, por las piscinas donde se nos coló la risa. Este ha sido un verano de alma abierta y corazón valiente. Y si ha sido tan especial, ha sido también por las personas que lo han hecho inolvidable:

Por mi Guapito, mi compañero de vida desde hace seis veranos, seis años desde que decidimos que mi vida y la suya dejarían de ser paralelas para empezar a entrelazarse como ramas testarudas de un árbol que no quiere crecer recto, sino junto. Tú, que llegaste como quien no quiere la cosa y acabaste siendo raíz, refugio, verdad.

Gracias por tu paciencia de santo, por tu amor sin pausas, por tu forma de cuidarme hasta en los detalles más pequeños: desde cocinarme justo lo que me gusta, hasta quedarte sin dormir por acompañarme en lo que me importa. Gracias por implicarte en mis cosas, en mis amistades, en mis pasiones, aunque a ti no te digan nada. Por dedicarme tu tiempo, por girar conmigo en mi barra y sostenerme en ella, por involucrarte en mi trabajo hasta cuando no puedes más, por no soltarme nunca, ni siquiera cuando yo no me reconozco.

Gracias por mirarme como me miras. Con esos ojos generosos que no son objetivos y que siempre me ven radiante y a todo color, sin un pero, sin una arruga, sin todos los años que han pasado desde que nací. Gracias por ver en mí la mujer que me encantaría ser. Porque tú crees en mí incluso en los días en los que ni yo apuesto por mí misma.

Y gracias, especialmente, por compartir conmigo algo tan grande como Yara. Porque ella es mi niña, mi impulso, mi punto débil, mi caos, mi esperanza, mi motor…

Compartir bailes con ella, planear aventuras, inventar coreografías y hacerle soñar con los ojos abiertos me da la vida.

Cada día proyecto en ella lo que un día soñé para mí, con la esperanza de que algún día (sin que tenga que decírmelo) me mire y piense que su vida fue más bonita porque yo estuve en ella.

Quiero seguir criándola con ternura y firmeza, con locura y con normas, con todo lo que tengo y lo que soy. Y estar a su lado en cada paso… aunque a veces el tiempo y las circunstancias nos pongan a prueba.

Por Trini, mi amiga valiente, generosa, llena de luz, porque logre recomponerse, volver a mirarse bonita, a recordar todo lo que merece. Porque sé que volverá a amar, pero esta vez como merece: sin mendigar afectos, con alguien que la adore por todo lo que es, tanto que no se puede explicar.

Por César y M. Carmen, el gran hallazgo de este verano. Dos personas que llegaron como plan improvisado y se han quedado como familia elegida. Con ellos cada risa fue medicina, cada conversación un descubrimiento, cada momento una suma. Porque si algo nos sobra juntos son anécdotas: aquel día de playa huracanado que parecía una película de desastres, las fiestas locas de Mojácar, el viaje de vuelta en bus con risas que no cabían en los asientos, Luisa con sus mil reencarnaciones y, cómo no, los infinitos conciertos y bailes que acabamos convirtiendo en nuestra mejor tradición. Me hacen sentir a gusto, querida, libre. Y lo tengo claro: quiero que estén siempre en nuestra vida, y estar yo también a la altura de todo lo que aportan.

Por mi madre, que me acompaña incluso en la distancia. Porque tiene una belleza que va más allá de lo que se ve, porque nace de su fortaleza y de la forma en que se entrega a los demás. Siempre pendiente de que en casa no falte nada, de que estemos bien, de que todo funcione. Esa entrega la hace única y me recuerda cada día lo afortunada que soy de tenerla. Me duele no compartir con ella todo el tiempo que quisiera, y por eso me prometo encontrar huecos para viajar juntas, para seguir descubriendo mundo a su lado, para recordarle en cada destino que la quiero infinito, que me sigue haciendo falta, que es irremplazable. Ojalá la vida me regale siempre la oportunidad de devolverle un poquito de todo lo que ella me da.

Y por mi padre, con quien discuto más de lo que me gustaría, con quien muchas veces no coincido ni en lo más mínimo, ni en las bromas ni en los silencios… Pero que está. Que siempre está, a su manera. A veces intensa, a veces difícil, a veces desesperante, pero está. Y lo quiero. Porque es un buen padre, porque sé que me quiere a su forma, porque me ha enseñado muchas más cosas de las que a veces reconozco. Y aunque choquemos, aunque no siempre nos entendamos, sé que tengo la suerte de tenerlo.

Porque si algo me recuerda cada final de agosto es que para mí los años no empiezan en enero, sino en septiembre.

Septiembre huele a cuaderno nuevo, a retos en mayĂşsculas, a propĂłsito firme de seguir creciendo. Septiembre es mi punto de partida.

Y en este nuevo año que comienza, tengo claro lo que quiero:

  • Quiero ser mejor docente. Escuchar más, juzgar menos, encontrar formas nuevas de llegar a mi alumnado sin perder mi esencia.
  • Quiero seguir volando en mi barra, aunque a veces el cuerpo grite y las lesiones amenacen. Quiero confiar, cuidarme, no rendirme.
  • Quiero atreverme con el yoga, ese reto pendiente que siempre mirĂ© de lejos como quien sabe que un dĂ­a caerá.
  • Quiero seguir bailando. Bailar aunque duela, aunque no haya mĂşsica, aunque no tenga sentido.
  • Quiero no dejar de soñar. Porque mis sueños me salvan, me mueven, me construyen.
  • Quiero mantener mi vida loca, mi agenda imposible, mis dĂ­as que no caben en 24 horas… pero sin olvidarme de nada ni de nadie, y sobre todo, sin olvidarme de mĂ­.
  • Quiero criar y disfrutar de mi niña como solo yo sĂ© hacerlo: entre bailes, abrazos, normas, bromas, cĂłdigos y risas.
  • Quiero pelear con mi hermano y por mi hermano, en esa lucha dura pero justa por lo que más ama.

Y sí, quiero que vuelva pronto el verano, ese que siempre se va demasiado rápido y al que siempre despido con un nudo en la garganta.

Empieza un nuevo curso. Que venga con todo.

Que venga con luz, con retos, con sueños nuevos y con los de siempre.

Y que no falte lo importante: las personas que me sostienen, el coraje que me guía, y la certeza de que todo lo que se hace con el alma… deja huella.

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