Hace un par de semanas se celebró el Día de la Madre y, aunque no esperaba flores ni
mensajes, no pude evitar detenerme a pensar en todas esas historias que no se escriben con
tinta oficial. Pensé en quienes acompañamos, cuidamos y construimos vínculos sin moldes
establecidos. Siempre he sentido admiración por las buenas madres. No por todas, sino por
aquellas que anteponen el bienestar de sus hijos al suyo propio, que saben dejar a un lado el
ego para ser abrigo, consuelo, guía. Siempre supe que ese no era mi lugar. Porque mientras
muchas soñaban con cunas y sonajeros, yo lo hacía entre bambalinas, desde mi barra o bajo
los focos de algún plató. Y no, no era por egoísmo (o quizás un poquito), sino por
coherencia. Porque una sola vida no da para todo, y yo decidí entregarme a mis sueños, a
mis pasiones, a lo que me hacía vibrar de verdad. Lo supe desde siempre, con paz y sin
culpa: ese no era el lugar desde el que yo quería construir mi historia.


No porque no creyera en el profundo valor de la maternidad, sino porque comprendí, con el
tiempo, que no era el camino que daba sentido al mío. Pero, dentro de esta batalla diaria que
es también un acto de amor, asumo con firmeza y ternura el lugar que la vida me ofreció: no
el de madre, sino el de madrastra. Y quiero vivirlo de la mejor forma posible, con toda la
presencia, la entrega y el respeto que merece.


Porque si algo tengo claro es que, siempre que decido hacer algo, me gusta hacerlo bien. Y
en este caso sería injusto no intentar, al menos, hacerlo perfecto. Porque a tu lado crece una
criatura que observa, que siente, que aprende… y que algún día será capaz de poner nota a
tu forma de estar. Y no habrá mayor recompensa que encontrar, escrita en esa calificación
íntima y silenciosa, dos letras sencillas que lo digan todo: TQ.


Por eso nace este texto: como un gesto de reconocimiento, como una forma de ponerle
palabras a un papel que también existe, aunque a veces pase de puntillas…


No sé en qué momento empezó esta historia. Quizá el día que entré por esa puerta con una
sonrisa nerviosa, un ramo de flores enorme, una cuna que no era mía y, sin embargo, me
atravesó. Porque verla fue como mirar de golpe todo lo que no sabía, todo lo que temía, todo
lo que podía llegar a ser… Y como no, un corazón lleno de preguntas. No sabía aún que
estaba a punto de habitar una figura que, para muchos, lleva siglos cargando con un cuento
mal contado. Sí, la de MADRASTRA. Esa palabra que suena a castillo frío, a espejo cruel, a
manzana envenenada. Pero que, en mi vida, ha significado todo lo contrario: calidez, reflejo
sincero y fruta compartida a mordiscos entre risas. Ser madrastra no es un cuento. O tal vez
sí, pero uno que no se ha contado bien.


No vine a ocupar un lugar. Vine a sumar amor. A veces en silencio. A veces con torpeza. Con
miedo a hacer de más, a hacer de menos. Con esa constante pregunta de si estoy haciendo
bien las cosas. Porque este papel no trae manuales, ni reconocimientos, ni días señalados en
el calendario.


Pero tiene momentos. Ay, si supierais la fuerza de los momentos…, Nuestros bailes
ensayados con ilusión y que se convierten en ritual, la mirada cómplice que nace del
esfuerzo compartido, elegir juntas el vestuario porque nos encanta vernos iguales,
compartir la barra de pole como si fuera un puente entre dos mundos que ya se entienden,
al salmorejo servido para dos, los dulces partidos con cuidado, las bromas que nadie más
comprende, dormir juntas como refugio suave, los pintalabios que se mezclan entre risas
frente al espejo…


Sabe perfectamente quién soy. Nunca he intentado ocupar un lugar que no me corresponde,
ni borrar ningún vínculo. Pero, cuando me llama mamá, lo hace con una naturalidad que
desarma. Como si en su corazón esa palabra pudiera tener más de una forma, más de una
historia. Como si entendiera, sin necesidad de explicaciones, que el amor también se gana,
se construye y se nombra a su manera.


He aprendido a amar con otra forma. Una forma que no reclama, que no exige. Una forma
que se construye con cada detalle pequeño, con cada espera sin recompensa.


Este Día de la Madre pensé en todas nosotras. En las que amamos sin partos ni apellidos. En
las que estamos y a veces no se nos nombra. En las que bordamos un cariño discreto, sin
aplausos. Y pensé que también merecemos flores, y palabras, y un gracias (aunque no venga
del calendario), sino de la vida.


Porque ser madrastra es ser valiente. Es ser hogar donde no te esperaban. Es ser amor que
se gana, se construye, se ofrece… incluso cuando el mundo se empeña en pintarte como la
mala del cuento.


Yo, desde mi mirada esquiva, os digo: Somos muchas. Somos reales. Y sí: somos familia.

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