Hay vínculos que no se eligen, que llegan de repente y que, contra todo pronóstico, se convierten en el centro de tu vida. Así me sucedió contigo, pequeña, cuando apenas comenzabas a caminar y el destino me colocó frente a ti. No fue fácil al principio: había demasiadas voces alrededor, demasiadas sombras intentando convencernos de que lo nuestro no tenía cabida. Y sin embargo, aquí seguimos, tejiendo día a día una complicidad que ya es parte de nosotras, como una raíz que se abre camino incluso en la tierra más dura.

No es ningún secreto que siempre hubo alguien empeñado en quebrar lo que tenemos. Un empeño obstinado en levantar muros entre nosotras, en poner etiquetas que nunca nos correspondieron, en inventar distancias que tú y yo, con sólo mirarnos, borramos de un plumazo. Lo cierto es que, por mucho ruido que se intente hacer, la verdad se esconde en lo sencillo: en cómo me coges de la mano, en cómo reímos a carcajadas cuando bailamos, en cómo tus ojos se encienden cuando dices que parecemos gemelas.

Y cómo no, ahora también han llegado las acusaciones malintencionadas, aversiones disfrazadas de verdades y relatos tergiversados que siempre buscaban herirme a mí y alejarnos la una de la otra.  Palabras lanzadas como piedras, sin fundamento, distorsionadas hasta el extremo… Y sin embargo, pese a su afán insano y desmedido por separarnos, está mi certeza infinitamente mayor de que no lo va a conseguir, porque nuestra verdad siempre será más fuerte. Y aguardo con esperanza ese día en que si no lo hace la justicia, será el propio karma el que pondrá cada cosa en su sitio y dejará claro que el amor no necesita defensa, porque se sostiene por sí solo. Tú y yo hemos inventado nuestro propio lenguaje, hecho de música, coreografías y risas que estallan cada vez que grabamos un tiktok juntas, siempre sanos, cómplices y llenos de cariño (quien los mire de otra forma, lamentablemente es quien sólo deja ver la estrechez de su propia mirada, repleta de envidia, celos y de  maldad…). Porque quién insista en verlo con otros ojos, no hace sino retratar sus propias sombras.

A veces me sorprendo de lo mucho que disfruto cuando me pides que vayamos conjuntadas, iguales, como si quisiéramos dejar claro al mundo que compartimos algo especial.

Mi tarea nunca será la de retenerte, sino la de sostener el hilo mientras aprendas que la vida se conquista paso a paso, sin miedo y con la certeza de que siempre tendrás un refugio al que volver. No tengo más afán que el de ‘”tejerte alas”, alas de confianza y ternura para que un día vueles alto y segura de ti misma pese al ruido con el que muy a mi pesar, estás creciendo.

Eres mi pequeña gran revolución: llegaste sin buscarte y transformaste todo lo que era rutina en un motivo para sonreír, llorar, e incluso, a veces, tener que parar para volver a coger muuuucho aliento. Con cada gesto tuyo reordenas mis certezas, cambias mis prioridades y me recuerdas que la grandeza se esconde en lo más sencillo: en un abrazo, en una mirada cómplice, en el orgullo de verte crecer.

Jamás te pedí que me llamaras “mamá”. Pero lo hiciste tú, desde dentro, como un sentimiento imposible de contener. Luché contra ello porque temía hacerte daño, porque no quería que confundieras los lugares que ya estaban ocupados. Desde muy pequeñita, tu padre y yo te enseñamos siempre quién era realmente tu mamá, y eso lo tienes clarísimo: sabes explicarlo con la sencillez más pura, diciendo que yo no te llevé en la barriguita, pero que te trato como una mamá y tú me quieres como a una mamá. Y en esa claridad me tranquilizo, porque comprendo que lo tuyo no es confusión, sino verdad nacida de tu corazón. Así que hoy lo acepto, sin reservas: porque ese nombre, en tu boca, no es un título, es mi abrazo más reconfortante.

No importa cuánto dure el trayecto ni las curvas o piedras que nos pongan en el camino, porque lo esencial está en sabernos juntas, escribiendo nuestra propia ruta con amor y con verdad. Sé que crecerás y tendrás tus propias preguntas (que por cierto ansío responder), tus propios silencios y tus propias respuestas.

Y deseo que al mirar atrás también seas consciente de que jamás quise que cargaras con luchas que no eran tuyas, que nunca pretendí tu sufrimiento, y que si hubiera podido, te habría mantenido siempre al margen de todo; pero con un guerrero al frente tan hostil, tan falto de luz y de vínculos, que hizo de su odio hacia mí su única ocupación, me resultó imposible protegerte del todo.

A pesar de todo, ojalá que cuando mires atrás recuerdes que, incluso cuando todo parecía en contra, el amor que compartimos siempre fue tu refugio. Porque lo nuestro no lo inventa nadie, lo nuestro se siente. Y lo que se siente de verdad, nadie lo puede borrar.

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