Hoy me permito (con más esfuerzo del que quizá se nota) mirar mi vida con una calma que durante mucho tiempo confundí con conformismo, y no porque lo tenga claro ni porque lo haya resuelto, sino porque estoy luchando por entender que no siempre rendirse es lo que parece rendirse, que aceptar no es claudicar y que también puede haber belleza en esta estabilidad que no presume, en esta rutina que no pesa tanto como antes, en esta paz discreta que no necesita ser explicada ni validada para existir.

No diré que lo he aprendido, porque estaría mintiendo, pero sí que estoy en ello, que me peleo a diario con esa parte de mí que siempre quiere más, que nunca se conforma, que sospecha de la calma y que desconfía de cualquier sensación que no venga acompañada de intensidad o de vértigo, y aun así intento quedarme, aunque sea un rato, en este lugar donde estar bien no se anuncia, no se exhibe y no siempre se entiende desde fuera.

Estoy tratando (a base de caer, de levantarme y de exigirme más de lo que podía sostener) de aceptar que estar bien no siempre se nota por fuera, que no hay fuegos artificiales ni grandes cambios visibles, sino una sensación tímida de coherencia, de cierto encaje entre lo que hago, lo que deseo y lo que soy ahora, no lo que fui ni lo que todavía no he conseguido ser.

Hoy lo he logrado.
Sólo hoy.

Y quien me conoce lo sabe: sabe que sigo siendo pesimista, inconformista, incómoda incluso conmigo misma, que detesto la idea de conformarme si eso significa renunciar, apagarme o dejar de soñar, y que aún me queda mucho trabajo por hacer para aprender a ser feliz sin traicionarme, para aceptar sin rendirme, para quedarme sin dejar de querer más.

Hoy he podido.
Mañana ya veremos.

Y con este nuevo año que entra no voy a hacerme promesas grandilocuentes ni listas imposibles, no voy a pedirme versiones mejoradas ni resultados inmediatos; voy a intentar concederme la oportunidad de seguir intentándolo, día a día, incluso cuando no salga, incluso cuando vuelva a perderme, confiando en que quizá no se trata de llegar, sino de permanecer un poco más en cada lugar antes de salir corriendo.