Hay ausencias que no aprenden a marcharse. Se quedan, discretas, ocupando un lugar que nadie más sabe llenar. La tuya, abuelo, es así. Han pasado diecisiete años y, sin embargo, hay días en los que te siento más cerca que nunca, como si el tiempo no hubiera tenido el valor de separarnos del todo.
No te pienso desde la nostalgia únicamente, sino desde una presencia constante. Estás en lo que soy, en cómo miro, en esa manera mía de sentir las cosas un poco más hondo de lo que debería. Estás en las palabras que todavía me gustaría decirte. Porque nunca aprendí a dejar de hablarte.
Te echo de menos en mis logros, en cada pequeño o gran paso que doy, porque sé —con esa certeza que no necesita explicación— lo orgulloso que estarías. Echo de menos tu llamada infalible después de cualquier momento importante para mi, esa que llegaba siempre, como si tuvieras un hilo invisible conectado a todo lo que me ocurría. Nadie ha vuelto a hacerlo así.
A veces me descubro buscándote en lo cotidiano, como quien sabe que no va a encontrarte y aun así insiste. Y entonces ocurre: el arrullo de unas palomas rompe el aire y, sin previo aviso, todo me lleva a ti. Es un sonido suave, casi invisible, pero tiene la fuerza de traerme de vuelta a tus manos, a tu risa, a esas enormes orejas como de plastilina, a ese lugar donde todo parecía seguro. Siempre es así. Siempre eres tú.
Y también estás cuando intento enseñarle a mi niña, a Yara, a hacer el pino, a confiar en ella, a ser valiente, a caerse y volver a intentarlo. En esos momentos te reconozco en mí, en esa paciencia, en esa manera de sostener sin que se note demasiado. Ahí estás tú, sin duda.
La vida ha cambiado mucho desde que te fuiste…
Tu hija es la mejor madre y abuela que podrías imaginar, de esas que sostienen el mundo sin hacer ruido y no exagero cuando te digo que mantiene su belleza intacta, ella sí que ha hecho el mejor pacto con el diablo. Y tus nietos… seguimos intentando estar a la altura, luchando por ser buenas personas, como tú nos enseñaste sin necesidad de grandes discursos.
Tu mujer, que en otro tiempo llenaba la casa de vida con sus manos y su voz, ya no es la misma. El silencio se ha ido adueñando de sus palabras, y sus gestos, antes ágiles y cotidianos, se han vuelto torpes y escasos. La cocina, que fue su refugio y su lenguaje de cariño, permanece ahora casi olvidada. Sin embargo, en medio de esa lenta despedida de sí misma, sigue resistiendo con una fortaleza callada, como quien aguarda pacientemente el momento de volver a encontrarse contigo.
Mi hermano sigue viendo y sufriendo con cada partido del Atleti, como siempre, aunque no puedo evitar pensar que no es lo mismo sin tu compañía. Te sorprendería verlo ahora: es un padrazo, de esos que se quedan, que cuidan, que quieren bien. Tiene un hijo precioso, abuelo. Te habría encantado.
Y Roberto… al que tanto adorabas, nunca dejó de estar en mi vida, sólo que de otra forma. Estoy segura de que te sentirías orgulloso al verlo: sigue siendo ese único abogado “no sinvergüenza” del mundo a quien tanto admirabas, y además uno con un porvenir brillante. Se lo ha ganado, luchándolo, pero me gusta pensar que algo de todo lo que tú y la abuela le disteis también sigue latiendo en ese camino.
Y yo… yo sigo siendo la misma en muchas cosas. Constante, tozuda, incapaz de rendirme cuando algo me importa. Aunque quizá te sorprendería descubrir lo insegura que soy a veces, lo mucho que dudo, lo mucho que aún necesitaría que me dijeras que todo va a salir bien.
No te has ido del todo porque te nombro en mi memoria, porque te reconstruyo en cada recuerdo, porque te guardo intacto en ese rincón donde sólo habitan las personas que han sido hogar. Y tú lo fuiste. Lo sigues siendo.
Puede que al decirlo suene a exageración, incluso a esa utopía que cada nieto siente como propia, pero yo no tengo ninguna duda. Lo digo sin titubeos, con la voz firme y el corazón lleno: tuve el mejor abuelo del mundo. No porque fueras perfecto, sino porque fuiste exactamente lo que necesitaba, en el momento preciso y de la forma más sencilla y verdadera.
No sé si existe una forma correcta de echar de menos a alguien. Yo lo hago así: teniéndote presente, hablándote en voz baja, reconociéndote en lo pequeño. Y sobre todo, negándome a olvidarte…
Porque hay amores que no terminan, sólo cambian de lugar.
Y el mío por ti, abuelo, sigue exactamente donde siempre ha estado.
![]()
