Hubo un tiempo en el que busqué el amor en fluorescente, no en azul a secas ni en turquesa ni en tonos apagados, sino intenso, visible desde lejos, imposible de confundir, como se buscan las cosas cuando aún no han dolido y cuando una cree que sentir es suficiente, y no me arrepiento de aquella forma de mirar porque esa romántica que fui sigue viva, porque aún creo en las montañas rusas con vistas, en los silencios que se entienden sin traducción y en los abrazos que llegan antes que las preguntas, aunque ahora sepa que no basta con que algo brille para que sea verdadero.

Con el tiempo, que no perdona ni a los sueños ni a las ingenuidades, he aprendido que el amor no sólo se siente sino que se construye, que no quiero ser opción ni refugio temporal ni promesa a medias, sino prioridad absoluta, presencia clara y elección diaria, porque ser prioridad no es ocupar todo el espacio ni exigirlo todo, sino saber que para alguien eres un lugar seguro, un punto de llegada y no sólo de paso, alguien a quien se cuida incluso cuando no mira, alguien a quien se tiene en cuenta al decidir, al planear y al vivir, y también he aprendido que sin comunicación el amor se desorienta y que sin confianza se encoge aunque haya empezado siendo inmenso. También he aprendido que sentirse prioridad no es desplazar a los hijos de quien amas ni pedir lo que nunca pedirías si pudiera dañarlos, porque cuando los quieres como si fueran tuyos no existe ese conflicto; pero sí es necesario que la otra parte entienda que, por ser adulta, no dejas de necesitar cuidado, presencia y elección en circunstancias concretas y delicadas, que los niños pueden quedarse en buenas manos unas horas o unos días si la situación lo requiere, no porque sea lo habitual, sino porque a veces es lo necesario, porque el amor de pareja también se protege cuando uno de los dos flaquea y porque cuidar a todos incluye, en ciertos momentos, cuidar primero a quien lo está necesitando más.

Antes creía que el amor era eterno, y ahora sé que el amor se trabaja, que no basta con querer sino que hay que sostener, que no basta con desear sino que hay que quedarse incluso cuando cuesta, incluso cuando el cansancio pesa, incluso cuando no todo es luz, porque amar no es sólo llegar sino también aprender a no huir.

Y hoy sé algo más, quizá lo más importante: tengo todo eso que siempre quise, pero el día que falte lo más mínimo no titubearé, no permitiré que el amor cruce esa línea invisible donde empieza a convertirse en desgaste, en silencio incómodo o en costumbre triste, no olvidaré lo que quiero ni, sobre todo, lo que valgo, y si alguna vez toca soltar lo haré sin odio, sin dramatismos y sin traicionarme, volveré a esperar con ilusión porque la vida es una sola y el amor merece vivirse intenso, sano, bonito y correspondido, no a medias, no con miedo, no desde la renuncia.

Y aun así me sigo negando a conformarme, porque eso no ha cambiado, porque no quiero relaciones por inercia ni fuegos que sólo arden el primer invierno ni vínculos que sobreviven por miedo y no por deseo, sigo queriendo un amor queme mire como si me eligiera cada día y no como si me tolerara, un amor que no huya cuando hay ruido, que no se apague cuando llega la rutina y que no se esconda cuando aparece la verdad.

Tal vez ya no lo busco fluorescente, tal vez ahora lo busco real, con luces y con sombras, con magia y con trabajo, con alas y con suelo firme, porque hoy sé que el romanticismo sin realismo se rompe, pero el realismo sin romanticismo no vuela, y yo sigo queriendo volar, sólo que ahora con los pies dentro de la vida y la cabeza despierta.

No soy menos soñadora, soy más consciente, no he dejado de creer, he aprendido a elegir mejor, y no, no me voy a conformar, nunca lo hice ni nunca lo haré, porque sigo llevando el sol por dentro, sólo que ahora también llevo brújula…