Siempre he pensado que los comienzos tienen demasiado protagonismo.

Parece que solo podemos empezar de nuevo en enero, rodeados de agendas recién estrenadas y listas interminables de propósitos. Sin embargo, cada año estoy más convencida de que algunos de los comienzos más importantes llegan mucho más tarde. A veces llegan en junio.

Cuando termina el curso. Cuando por fin podemos levantar la vista y mirar todo lo que hemos vivido durante los últimos meses. Cuando el cansancio se mezcla con la satisfacción de haber llegado hasta aquí y con la tranquilidad de saber que has dado todo lo que tenías dentro. Porque, a pesar de las horas, de los viajes, de las correcciones y de las prisas, sigo sintiéndome una privilegiada por dedicarme a algo que me apasiona. Ver crecer a mis alumnas, acompañarlas en su camino y poner un pequeño granito de arena en su formación sigue siendo, año tras año, una de las mayores recompensas de mi trabajo.

Este año, como tantos otros, ha estado lleno de trabajo, proyectos, viajes y kilómetros. Ha habido momentos maravillosos y otros más difíciles. Pero si algo he aprendido con el tiempo es que la felicidad rara vez se encuentra en los grandes acontecimientos. Suele esconderse en las cosas pequeñas: una conversación, una llamada, una tarde tranquila o una ilusión nueva.

Quizá por eso me gusta tanto el verano. Porque tiene algo de pausa, pero también de promesa. Porque me recuerda que la vida no consiste únicamente en correr de un sitio a otro, sino también en detenerse para disfrutar de quienes caminan a nuestro lado.

Y este verano tengo muchas ganas de hacerlo.

Tengo ganas de compartir tiempo con mi guapito, mi compañero de vida, ese refugio al que siempre vuelvo cuando todo se complica. Tengo ganas de disfrutar de Yara, de sus ocurrencias, de sus risas y de esos momentos cotidianos que, sin hacer ruido, terminan convirtiéndose en recuerdos inolvidables.

Tengo ganas de volver a abrazar a mis padres y a mi hermano. Vivir lejos me ha enseñado a valorar algo que antes daba por hecho: la suerte de poder compartir tiempo con las personas que queremos. Durante gran parte del año nos separan los kilómetros y las obligaciones, por eso cada verano se convierte en un pequeño regalo.

Y también tengo una ilusión muy especial: será el primer verano de mi sobrino.

Apenas he podido disfrutarlo durante estos primeros meses y me emociona pensar en todos esos momentos que todavía están por llegar. Me basta con recordar su sonrisa para entender por qué merece la pena correr, viajar, trabajar y esperar durante todo el año. Porque hay sonrisas que alegran un instante y otras que te reconcilian con el mundo.

Quizá por eso he decidido que este verano no necesito grandes revoluciones. No quiero convertirme en una versión diferente de mí misma (o sí, pero cada uno es consciente de sus limitaciones 😉) ni hacer promesas imposibles. Me basta con seguir construyendo la vida que tengo. Con leer más despacio. Con escribir más. Con bailar siempre que pueda. Con pasar tiempo con los míos. Con seguir soñando, porque quienes me conocen saben que probablemente esa sea mi característica más persistente. Siempre necesito una ilusión nueva, un proyecto por empezar, un viaje por planear o una meta que me haga mirar hacia delante. Y, sinceramente, espero no perder nunca esa costumbre.

Y, por supuesto, también con reencontrarme con esas personas que son hogar aunque no compartan tu apellido. Trini, si estás leyendo esto, espérame. Voy. Nos quedan demasiadas conversaciones por terminar, demasiadas risas pendientes y, si la memoria no me falla, más de una fiesta que aún tenemos que celebrar como merece.

Porque las segundas oportunidades no aparecen solo después de los fracasos. También llegan después del cansancio, después de los meses intensos y después de las etapas en las que nos olvidamos un poco de nosotros mismos.

Y tal vez eso sea exactamente el verano.

Una pausa. Un respiro. La oportunidad de volver a encontrarnos con las personas que queremos y, de paso, con nosotros mismos.

Y sinceramente, no se me ocurre una forma mejor de empezar de nuevo.