
He de reconocer que cada vez soy más consciente de que no pasa ni un solo día en el que algunos de mis compañer@s de gremio, de manera directa o indirecta (bien sea mediante una mirada, una sonrisa, u n gesto o incluso algún comentario) intenten hacerme reflexionar sobre mi “metodología de enseñanza”. No obstante, también he de reconocer que conforme pasan todos y cada uno de estos días mi postura es más firme. ¡Qué le vamos a hacer, muy insegura en ciertas facetas de mi vida, testaruda e inflexible en otros aspectos!. Ojo, no estoy diciendo que no acepte un consejo y que no respete la postura del que tengo enfrente. Pero es cierto eso de que “cada maestrillo tiene su librillo” y hace ya unos cuantos años que el índice del mío está claramente estructurado en base a mis creencias, mis valores, mis prioridades y sobre todo mi mejor intención. Por si alguien se lo está preguntando, adelanto que este índice integra: contenidos, objetivos, criterios de evaluación, temporalización, indicadores, temas transversales… y demás aspectos tal y como recoge la ley. Ante todo me considero una persona responsable e implicada en mi trabajo.

Veamos, el aula es sin duda el medio fundamental donde el docente despliega sus recursos personales y didácticos para cumplir con su labor, que tiene como eje medular la relación con el alumno. Y como toda relación humana, posee unas características implícitas y explícitas que le imprimen un sello y dinámica particular.

El trabajo del docente, pese a lo que la mayoría de la sociedad cree, y sobre todo, teniendo en cuenta los tiempos en los que vivimos, es un trabajo complicado que requiere de mucho esfuerzo y paciencia.
La relación profesor-alumno que se establece no es gratuita de entrada. Es cierto que al comienzo se basa en la apreciación de papeles establecidos que con la continuidad se delimitan, se precisan y consolidan. Pero a mi modo de ver, la función del docente abarca a su vez una gran variedad de objetivos: instruir, estimular, corregir, formar, orientar, empatizar… ¿Y saben qué pienso? Pues me siento en plena disposición de afirmar que sin duda alguna todas estas metas no se alcanzan mediante la “rotunda imposición”, ni mucho menos delineando una notoria “jerarquía” entre profesor y alumno como se hacía antaño. Yo soy de las que aboga por un principio fundamental en la educación actual, “enseñar deleitando”, que viene a ser la antítesis de “La letra con sangre entra”, dicho defendido y practicado por la educación convencional. Se trata de ser más “amigo” que “sargento”. ¿Qué hay de malo en dar un beso a un alumno que llora desconsoladamente porque ha suspendido un examen?. ¿Y por qué no dar un consejo a esa adolescente que acude a ti “perdida” ante su primer desengaño amoroso? ¿Y si a la chica de 2º de Bachillerato le gusta tanto ese vestido tuyo o los zapatos? (según ella ideales para la cena de graduación) ¿por qué no hacerla feliz prestándoselos?.

¿Qué pasa si sonríes ante el piropo simpático de un alumno a primera hora de la mañana en lugar de amenazarlo con llevarlo a jefatura y ponerle un “parte grave”? ¿Y qué hay de malo en disfrutar a la par que ellos en la discoteca del viaje de fin de curso? Perdónenme, debo de ser de otro planeta, o quizás extremadamente moderna, pero desde luego doy fe de que la empatía, el cariño y la complicidad son armas casi infalibles para un mayor éxito académico. Y eso por no hablar de lo gratificante que puede llegar a ser tu trabajo.

Qué bonito es que valoren tu labor y sean capaces de aprender tantos conocimientos como tú seas capaz de transmitir, pero que satisfactorio es que se peleen entre ellos buscando el pódium en tu corazón, que te escriban mensajes cariñosos en la pizarra o que te hagan la “ola” cuando entres en el aula.

Yo quiero disfrutar al máximo esta parte de mi trabajo y me encantaría formar parte de la lista de profesores a los que los alumn@s recuerdan con aprecio por brillantes, pero con gratitud porque fueron capaces de tocar sus sentimientos… Un profesor trabaja para la eternidad, nadie puede decir dónde acabará su influencia y ojalá mi huella reaparezca en forma de “salvavidas, sonrisa, recuerdo o anécdota entrañable…” a lo largo de la vida de estos chic@s.Cuando el docente es íntegro, conoce su materia y disfruta con ella, dos son los retos fundamentales que se le plantean en mi opinión: saber ser exigente de una forma cálida y lograr el afecto y la admiración de sus alumnos. Esta actitud mueve al alumno a responder con respeto, atención e interés por su curso.
YO, con mis maestros he aprendido mucho; con mis amigos, más; con mis alumnos todavía más”, así que, GRACIAS A TODOS Y CADA UNO DE VOSOTROS.
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